El enfado clitoriano

Conozco a alguien, no voy a decir quién, que una buena mañana soñó que estaba cenando en un restaurante. Por allí se encontraban también, entre otras personas, sus amigas, un jovencito de buen ver y los fantasmas de Franco y señora. La cuestión es que el sueño fue degenerando un poco, como si no estuviese ya bastante degenerado de por sí, y ella acabó fuera del restaurante mostrándole al espíritu de Carmen Polo cómo visten las mujeres de hoy en día. Entonces se dio cuenta de que sus amigas se alejaban calle arriba rumbo a la diversión. No le molestó el hecho de que se marcharan, puesto que contaba con que ellas se irían de juerga, plan al que había decidido no unirse; lo que le molestó fue que habían dejado sus pertenencias, bolso incluido, sin supervisión alguna, y todo por no esperar su regreso al interior del local. Las jodías al menos podían haber salido a avisar de que estaban prestas a irse.

Dado que la pobre mujer está harta de que le roben en sueños, se fue hasta su bolso con no muy buen genio. En otro sueño reciente le habían robado el dinero que escondía entre el equipaje durante un viaje de reencuentro organizado junto a compañeros de instituto, y en ocasiones anteriores le habían sustraído varios móviles, todo lo cual todavía le carcome por dentro sueño tras sueño ante la inminencia de volver a sufrir semejante infortunio (cuando te vas a morir no sé qué verás, pero cuando te van a robar en sueños, ves un flashback de los robos anteriores). Afortunadamente, esa vez no se repitió la historia, y, a pesar de que no le dio tiempo a comprobarlo más que por encima, intuyó que no le faltaba nada, aunque se despertó con el cabreo que la actitud indolente de sus amigas le había generado.

Ahora viene lo bueno: según se despertó, tuvo un orgasmo. Parece ilógico, ¿verdad? Pues tiene su explicación.

Hay cierto tipo de cabreo, un cabreo muy específico que tiene que ver con la impotencia que un acto genera en una mujer al enfadarse pero no poder -o querer- hacer nada para remediarlo, normalmente con ánimo de evitar la III Guerra Mundial a pequeña escala. En el sueño que nos atañe, las amigas ya se habían ido y habían dejado el bolso al alcance de ladrones desaprensivos sin que la protagonista pudiese hacer nada por evitarlo. Esta clase de enfado, la rabia de sentirse impotente, frustrada y con ganas de meterle un guantazo a alguien, desahogo que no llegará nunca por las bondades del autocontrol, se concentra en la parte más sensible de la anatomía de una mujer: el clítoris. Supongo que el cuerpo piensa algo así como “o me dejas darles una guantá o al menos dejas que me corra, que estoy que exploto, ¿eh?”. Y sí, tiene razón, por algún lado hay que dejarlo explotar, que las implosiones son mu malas.

En la vida real, no es habitual que este tipo de cabreo llegue a nada más que gotas de odio visceral conspirando en el clítoris unos breves segundos antes de que las fuerzas del orden lleguen a disiparlas. En cambio, tras aquel sueño, la protagonista de la anécdota se despertó apretando entre sus piernas las ganas de agarrar por los pelos a sus amigas mientras las dejaba sordas a base de gritos sobre lo estúpidas y desconsideradas que eran, y esa tensión fue lo que dio rienda suelta al orgasmo. Su cuerpo encontró la forma de aliviar esa mala leche en la penumbra de la semiinconsciencia, apretando a lo loco. Con sueños así, ¿quién necesita bolas chinas para ejercitar el suelo pélvico?

Como es de esperar, el orgasmo unido al descubrimiento de que no había sido más que un sueño, le dejó una sensación matutina muy agradable. Quedó en paz con sus amigas; nunca les tendrá en cuenta que en sueños se comporten así.

Pues bien, de aquí los hombres y las mujeres lesbianas pueden sacar una lección muy valiosa: cuando veáis que vuestra chica se está mordiendo la lengua con cara de pocos amigos y/o que se está conteniendo para no saltaros al gaznate, probad a darle una sesión de sexo duro, de ese de “luego seguiremos enfadados, pero ahora ven p’acá que te voy a dar lo tuyo, golosona”.

Recordad la fórmula mágica: enfado + autocontrol de la ira por incapacidad o desistimiento = clítoris ofuscado.

Si la susodicha no reacciona bien, es que no tenía ese tipo de cabreo. O que ya se le había pasado (es tan efímero el enfado clitoriano…) Explicádselo al médico que os atienda en urgencias y probad suerte la próxima vez.

– ¿Qué le ha sucedido?

– Creí que mi novia tenía el enfado clitoriano.

– ¡Ah! Entiendo… Entiendo… Pobrecito.

Deja un comentario