La era del servilismo

Quienes trabajamos de cara al público, hemos notado un cambio de era en los últimos años. Siempre se ha esperado cierto servilismo en quien te atiende en cualquier parte, pero lo de hoy en día clama al cielo. Ya no somos trabajadores de cara al público, somos criad@s que tenemos la obligación de hacer algo tan absurdo como leer por el cliente, puestos a poner un ejemplo sencillo.

Me temo que a algunos se les ha subido a la cabeza eso de que siempre tienen la razón. Menudo gilipollas el de la frasecita. Me gustaría verlo con los clientes egocéntricos, los que buscan el conflicto, los mentirosos, estafadores, maleducados, ladrones… En definitiva, con los clientes rompecojones.

¿Y quién se acuerda del pobre trabajador? ¿Por qué no hay una frase del estilo de “el trabajador siempre tiene derecho a ser respetado” que pegue tanto como la otra, que encima no es cierta?

Todo trabajador tiene unos derechos y unas obligaciones. No sé por qué, el cliente suele olvidarse de la parte de nuestros derechos. A mí me parece perfecto que me llegue alguien pensando que tengo la obligación de coger un papel que tiene en la mano y leérselo. Puedo pensar que no lleva las gafas consigo o que quiere asegurarse de entenderlo, y a mí me encanta que se lleven una buena imagen de mí por ayudarlos en la medida de lo posible, incluso aunque eso implique paralizar una cola de gente impaciente. Por lo que no paso, es por el hecho de que esa supuesta obligación que el cliente percibe (no siempre es tan real como se piensa) choque de frente con mi derecho a ser tratada con respeto mientras desempeño mis funciones. Siguiendo con el ejemplo, vayamos más allá del momento inicial en que el cliente quiere saber qué significan esos extraños símbolos; imaginemos que ese papel explica una promoción y el cliente pretende usarla a su conveniencia puesto que no le preguntó a nadie con anterioridad sobre su contenido. O en el caso de haber preguntado, tal vez un trabajador no le explicó las excepciones creyendo que tarde o temprano leería la promoción, o puede que el cliente se aventurase a leerla total o parcialmente por sí mismo y al final haya entendido algo más ventajoso que la realidad, de modo que a la hora de pedirte lo que le interesa, tú se lo explicas papel en mano, papel que él te ha dado, recordemos. Lo lógico sería que el cliente cayese en la cuenta de que hubo un fallo por su parte. No voy a decir que lo lógico sería que se disculpase por su confusión, soy realista y poco ambiciosa. Nada de eso, lo lógico parece ser que “somos todos unos estafadores”, que “estamos siempre igual”, que “no hacemos nada más que poner pegas”… Yo no quiero estafar a nadie, sólo quiero que la gente lea. Leer un par de líneas al día no hace daño. Es más, cuanto más lees, menos te cuesta, y al final hasta entiendes las promociones. Lo entiendes todo. Leer es la llave de la sabiduría.

Por otro lado, generalizando un poco, las promociones y descuentos a aplicar siempre conllevan alguna obligación por parte del cliente -a pesar de lo indignante que le resulte tener obligaciones-, ya sea presentar un cupón, una tarjeta de socio vigente, el DNI en caso de tener un descuento relacionado con la edad… A mí, como empleada, me piden esas comprobaciones. Tú, como cliente, tienes la obligación de demostrar tu supuesto derecho a ese descuento con algo más que tu palabra. Esta sociedad ha enterrado el honor de la palabra hace mucho. Respeta mi obligación de realizar esa comprobación, comprendiendo que no llevarla a cabo es una ventaja extra que no deberías tener y mucho menos exigirme.

Aquí entra lo de que ofreces la mano y te toman el brazo. Si un día metes la pata y beneficias al cliente, el perturbado razonamiento de algunos les hace creer que tienes que hacer mal tu trabajo siempre, poco les importa que te juegues el puesto. Y pobre de ti si un día haces algo como una excepción aprovechando que las circunstancias lo permiten, también esperarán que lo hagas cada vez que regresen. Servilismo puro y duro te exigen. Con esta actitud de pretender que te bajes los pantalones todos los días en vez de agradecértelo cuando lo haces de motu proprio, lo único que te apetece es dejar de ser maj@, no vaya a ser que se lo tomen como un derecho adquirido y te lo echen en cara de una bofetada cuando oses decirles “no” en una próxima ocasión, palabra que no toleran. Pues yo diré “no” mientras la ley y mi empresa me amparen. Faltaría más.

El hecho de que trabajemos por cuatro duros (el trabajo de cara al público nunca está lo suficientemente bien recompensado), no nos convierte en la chacha ni prostituta de nadie, ni en un saco de boxeo sobre el que descargar todos los golpes de ira. Ni siquiera tenemos la obligación de ofrecer promociones ni descuentos, de modo que no hay que faltar al respeto si no va la cosa como gustaría. Puede que alguna vez te hayan vacilado en alguna empresa, a mí me ha pasado, pero yo no voy por ahí despotricando sólo porque en una sí me toman por el pito del sereno. Bueno, en telefonía bien podríamos opinar mal de todas, exceptuando a las operadoras low cost. Personalmente, odio a Movistar y estoy hasta los huevos que físicamente no tengo de Vodafone. Puede que la próxima entrada de mi blog vaya dedicada a Vodafone. Con ellos sí que puedes desesperarte. Conmigo no, que soy majísima.

Recapitulemos: a la hora de ejercer de clientes, es factible que percibamos que estamos pagando un dinero desproporcionado por el servicio prestado o por el bien que adquirimos. Eso no justifica que trates a la persona que tienes enfrente como si fuera tu esclavo. No has comprado su libertad ni sus derechos, así que no te los pases por tus partes nobles ni te limpies el culo con ellos.

No expongo esto únicamente por el trabajador de cara al público (ojo, sí que intento velar por nuestros derechos). En realidad, me preocupan en gran medida las consecuencias de esta era del servilismo que estamos viviendo. El cliente está perdiendo autonomía, delega de más en otras personas, aspirando a obtenerlo todo mascado y regurgitado. La imagen simbólica del cliente, sería el típico rey obeso que desprecia a voces a quien se le pone a tiro, sentado en su trono mientras un siervo le abanica y otro le mete la comida en la boca. ¿Qué sucederá si al rey obeso se le terminan las riquezas y sus súbditos comprenden que no le deben ya ningún respeto? En el mejor de los casos, el rey sin reino terminará solo, sin nadie que le explique cómo se cocina la comida. Morirá a causa de la salmonela tras comer pollo mal cocinado. Todo por no haberse granjeado la amistad de sus siervos. Qué historia más triste.

En fin, quitando los inconvenientes de trabajar de cara al público, nos queda una gran ventaja que conseguirá que el día menos pensado, los siervos heredemos el mundo: Gracias por obligarnos a leer. Es lo que quería decir verdaderamente.

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