No, gracias

Llegada a cierta edad, por desgracia, una mujer tiene que dar explicaciones de por qué no quiere tener hijos. Veo lógica la curiosidad, pero con un sí o no por respuesta debería bastar. A mí no me da por preguntar a quienes sí quieren el porqué. Y menos aún les haría esa pregunta con asombro, dando a entender inconscientemente que opino que su postura está equivocada. Me temo que no hay una posición correcta. Quien quiera que sea padre/madre, y quien no, que se abstenga. Y alguno/a que quiere debería abstenerse también. No todo el mundo está capacitado para manejar esa responsabilidad.

No me imagino esa misma presión en el caso de los hombres. Es decir, tengo la impresión de que quien pregunta, ante una respuesta negativa de un varón, dará por supuesto que es porque prefiere ser un espíritu libre, sin ataduras, un fornicador nato que tal vez esté hoy aquí (con esta) y mañana allí (con otra). Puede extrañar más o menos, aunque nadie le echará en cara esa negativa.

Las mujeres, en cambio, parece ser que venimos de serie con un reloj biológico que nos incita a querer ser madres sí o sí, y es entonces cuando tienes que explicar qué coño le pasa a tu reloj, si está defectuoso o lo has manipulado tú de algún modo.

En mi caso concreto, no creo que esté defectuoso. Siguiendo esta imagen simbólica de la maternidad, podemos plantear algo así como que la presión nos llega a las mujeres a través del tic tac del reloj. Llega un momento en que cada movimiento del segundero retumba más y más fuerte, ese sonido se clava en tu mente y te agobia hasta llevarte casi a la locura. La única forma de hacer que se calle es cogiendo a tu bebé en brazos. Entonces sólo podrás oír su llanto a todas horas. Cuando dejas de escuchar ese segundero, su razón de ser deja de existir, y el reloj simplemente desaparece. Digo yo.

La cuestión es que mi reloj nunca ha sido muy dado a molestarme. Me lo imagino sonando siguiendo un compás suave. En ocasiones creo oírlo carraspeando un poco, como si quisiese llamar la atención. Nada grave. Quizás tenga el oído tan bien educado que sepa pasar por alto su presencia. No lo sé. Resumiendo, sé que está ahí, y él sabe que paso olímpicamente, que no quiero que me moleste. Nos llevamos bien, cada uno a lo suyo. Es un buen tío, mi reloj.

Por tanto, no es sólo que “pueda” ignorarlo, sino que también quiero hacerlo. Aquí es donde las explicaciones de por qué no quiero ser madre se complican. A los demás no les cuesta entender que no sientas la llamada de la naturaleza, pero sí que, racionalmente hablando, tampoco veas los motivos que ellos ven de cara a buscar descendencia, como si tuvieses que forzar esa necesidad con el paso del tiempo. Su lógica les lleva a creer que sus motivaciones son razones universales válidas para todos los seres humanos. Me estoy quedando ciega con esta mierda de letra con la que escribe este programa. Pues mira, sería un buen motivo para no ser madre. A una ciega nadie le preguntaría por qué no quiere tener hijos. Tan sólo la mirarían con compasión pensando en secreto que sí quiere pero no le conviene. Bueno, fijo que alguien la animaría para que sus hijos la ayuden en el futuro con su ceguera. A mí una vez me dijeron que, si no tengo hijos, de mayor estaré sola. Digamos que ahora sé por qué somos cuatro hermanos. Para hacer mucha compañía.

A lo que iba, podría aferrarme a muchas razones por las que no quiero procrear: porque antes adoptaría (entonces te vienen con que no es lo mismo y bla bla bla, todo para justificar sus deseos egoístas de ver a alguien que se parezca a ellos, de ser un dios creador de vida, o peor aún, les parece bien y te incitan a adoptar, de modo que tienes que buscar más excusas); es mucha responsabilidad (mi opción favorita); nunca terminas de conocer del todo a alguien como para saber que será un buen padre (podrían tirar por lo de ser madre soltera, así que esta no la uso); porque soy muy controladora y me gustaría que mi hijo fuese educado según mis creencias y opiniones (me deja en mal lugar no aceptar que el padre o nuestra familia puedan preferir otras opciones en cuanto a nombre, bautizarlo, hora de acostarse, qué comer… de forma que esta opción me la callo para no entrar en polémicas; imagínate que a tu a pareja o a sus padres les dices que o criáis a los niños como tú digas o nada); porque me gusta trasnochar, levantarme a las tantas y vaguear a más no poder, buena vida que se me terminaría con niños de por medio (tampoco digo esto nunca); porque puede salir algo mal durante el embarazo o el parto que conlleve que nazca con alguna enfermedad o problema (esto se piensa pero no se dice); porque tengo posibilidades en cuanto a genética de tener un embarazo múltiple (si alguno me dice que mejor, que así con un solo embarazo soluciono que tengan un hermanito/a para jugar, os juro que le arreo); porque no podré proteger a mi hijo/a de todo y de todos (no quiero acabar en la cárcel si alguien osa hacerle daño); porque no podré controlar todas sus influencias, y me da miedo que se convierta en una mala persona (renegaría de él/ella, cosa que tampoco me deja en buen lugar); porque este mundo apesta, no quiero que herede un montón de mierda contaminada y una sociedad podre e injusta en todos los niveles (entraría a filosofar demasiado, lo que no conviene dado que la gente no está preparada para ello, necesitan respuestas cortas y concisas para algo que ellos ven claro como el agua o si no se quedan en cortocircuito); porque tengo sobrinos, así que ya sé lo que es tener sangre de tu sangre en brazos, verlos crecer, estar orgullosa de ellos, y patatín y patatán.

Y aunque intentase expresar todo ese remolino de ideas con ejemplos como los que puse arriba, seguiría con la sensación de que no soy capaz de dar a entender lo que siento ante la perspectiva de convertirme en madre. El verdadero ejemplo que me gustaría dar, pero con el que me darían por perdida y me ingresarían en un psiquiátrico, es un sueño que tuve una vez:

Estábamos en pleno apocalipsis zombi. Había zombis buenos y zombis malos por doquier. Sin embargo, los buenos eran menos numerosos. Unos polis zombis buenos me ayudaban a repeler el ataque de otros que eran malvados, hasta que ya apenas podíamos aguantar. Es posible que yo tuviese superpoderes. Suelo tenerlos en esta clase de sueños. También es posible que fuese una supermierda de telequinesis que, para variar, no era capaz de controlar y me fallaba en un momento clave. Juraría que intentaba usarla a fin de alejar a un zombi que estaba a punto de morderme, no estoy muy segura. En estos casos, cuando el superpoder me falla, rebobino esa parte unas cuantas veces. Luego ya mando la escena a tomar por culo y sigo de otra forma con el sueño si no consigo que salga como quiero. Vamos, que probablemente me mordió y yo hice como si no hubiese sucedido nada porque esa parte no me convencía como directora artística del sueño.

Al final, mis amigos zombis me decían que escapase en una furgoneta repleta de niños. Eran hijos de amigos y otros niños que me había ido encontrando desde que aquello se inició. Los padres se habían convertido en muertos vivientes, intuyo, de modo que yo terminaba siendo el único adulto al cargo para protegerlos. No os imagináis lo agobiada que estaba.

Logramos llegar a una casa vacía con garaje integrado sin que nadie nos viese. La zona parecía estar desierta. Yo aparcaba la furgoneta dentro, y desesperada como estaba ante un futuro tan negro como el que se nos presentaba, optaba por suicidarnos a todos con el humo de la furgoneta. Los niños no eran conscientes de mi plan. Sabía que nos quedaríamos dormidos con el dióxido de carbono y que la muerte sería más dulce que la que nos podrían dar unos putos zombis. Por desgracia, el garaje había quedado a medio construir o reparar, de modo que estaba lleno de aberturas tapadas cutremente con plásticos por las que se filtraba aire fresco. Me cagaba en todo mientras intentaba dejarlo bien sellado para que no entrara más aire de fuera, y entonces vi a un grupo de supervivientes que desfilaban en fila por un monte cercano.

Lo último que recuerdo del sueño, justo antes de despertar, es que pensaba aliviada que ya no tendría que matarnos, que lucharíamos juntos y me ayudarían con los niños.

Esto explica mejor que cualquier otra cosa el miedo que me da cargar con la responsabilidad de ser madre. Hoy tal vez tengas ayuda y el mundo sea muy feliz, pero mañana es posible que te veas sola con un montón de críos y las cosas ya no sean tan bonitas a tu alrededor. No quiero volver a sentir esa sensación de agobio jamás.

En definitiva, a pesar de que este es el motivo más contundente de cuantos encuentro de por qué no quiero tener hijos, ante una nueva pregunta, tendré que pensar rápidamente mil y una excusas socialmente aceptables, todas ciertas, para explicar algo tan sencillo como que no me apetece. No lo necesito. NO, GRACIAS.

Por cierto, al primer síntoma de apocalipsis zombi, os aviso que le doy una patada a vuestros niños y me largo corriendo. Quizás la patada sobre. Es para que se caigan y así se ceben con ellos.

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