Llegamos al primer pub.

Esperé a que nos situáramos en algún lugar concreto antes de comenzar siquiera a quitarme el abrigo. Apenas había llegado nadie, por lo que habría podido maniobrar perfectamente sobre la marcha, pero todavía no estaba preparada para la prueba de fuego.

Nos fuimos al fondo, donde había una pequeña mesa muy útil. Dejamos sobre ella los pesados abrigos y Marta se fue a pedir nuestras copas.

Me situé de espaldas a la pared mientras aguardaba que regresara aprovisionada con el combustible de la noche y eché un vistazo a mi alrededor. Descubrí a algún que otro hombre observándome. Me dije a mí misma que era porque estaba muy guapa, aunque no terminaba de sentirme cómoda.

Me había puesto el vestido que me quedó por estrenar en Ibiza. Se trataba de una tela negra elástica con escote en forma de pico en pecho y espalda y tirante ancho. Se ajustaba al cuerpo como un guante. El problema era que por abajo se me marcaban claramente las bragas.

De ropa interior, había escogido un conjunto de lencería fina que tampoco había llegado a estrenar durante las vacaciones, un sujetador y coulotte a juego de encaje negro. Ambas piezas llevaban una pequeña piedrita de adorno por delante, en el centro. El sujetador constaba de copa de tela lisa con foam, por lo que al menos tenía la seguridad de que pasase el frío que pasase, no se me marcarían los pezones. Pero lo de las bragas… Necesitaba beber algo para relajarme y que se me olvidara de una vez el tema.

Marta no tardó en volver gracias al poco ambiente que había por ser primera hora en plena nochevieja. Probablemente mucha gente estaba aún tomándose la última con la familia.

Me dio mi copa de ponche con cola light (sí, light, que así sabe menos dulce aunque la bomba de calorías te la lleves igual por culpa del ponche). Le metí un buen trago con la pajita. Al soltarla, se me cayeron unas gotitas de bebida en los pies. Me agaché para frotarlas, intentando evitar que me quedara un feo surco sobre las medias, y de paso les recé mentalmente una vez más a mis zapatos de tacón semi nuevos con idea de que se apiadaran de mí y me permitiesen bailotear toda la noche sin contratiempos. La ocasión anterior en la que los había llevado no tardé mucho en irme a casa, así que no estaba demasiado segura de hasta qué punto eran cómodos o no.

De repente pusieron la canción que tanto nos gustaba, la de “Feel so close” de Calvin Harris. Fue nuestra canción estrella la nochevieja anterior, y se ve que podías salir de nochevieja en nochevieja escuchando las mismas canciones una y otra vez como si te hubieses quedado anclada en el tiempo. Esta en concreto nos gustaba tanto que no nos importó. De nuevo, Marta me representó la famosa escena de “Crónicas vampíricas” en que Damon se acerca a la chica sensualmente (según Marta). Está enamorada platónicamente de ese personaje (no del actor) y la pobre ha perdido la objetividad. Sentí tanta curiosidad por la dichosa escena el año anterior cuando me dijo que quería que un tío se le acercara así que la busqué en Youtube y, sinceramente, no le encontré el erotismo. El Ian Somerhalder ese no baila especialmente bien, que digamos. Más bien normalito. Nada para que se me caigan las bragas como a ella.

La copa me duró poco. Tenía sed. Además, la primera de ponche siempre entra sola. Le pregunté a Marta cuánto tiempo estaríamos allí con idea de decidir si repetir en aquel local o esperar al siguiente. A ella todavía le quedaba bastante y, de todos modos, aquello estaba empezando a animarse entonces. Sin duda era mejor repetir.

En aquella ocasión me acerqué yo, dado que era la única interesada en pedir. Marta se quedó vigilando los abrigos y los posibles Damons del lugar.

Me situé apoyada en la barra esperando que algún alma caritativa se apercibiese de mi presencia y me atendiese. Noté un pequeño tirón en el bolso, y alerta como estaba siempre, miré a ver qué sucedía. Un tipo a mi lado lo sostenía entre las manos y lo miraba divertido.

– ¿Pretendes robarme el corazón? -le dije.

Él sonrió más abiertamente. No era nada especialmente gracioso, aunque se trataba de la frase perfecta a decir cuando llevas contigo un pequeño bolso con forma de corazón.

– También podrías decir que tienes un corazón que no te cabe en el pecho -contestó él.

Subió el bolso hasta situarlo delante de mis tetas, reafirmando sus palabras. La verdad es que tenía más gracia lo mío, pero sonreí por cortesía.

– Pues sí -añadí.

– Por cierto, tienes un lunar muy sugerente.

Se refería al de mi escote. No era la primera vez que me decían algo similar, aunque tampoco me lo soltaban a menudo. Sólo los más lanzados. En cualquier caso, aquella noche había salido con la certeza de que escucharía esas palabras. Intuición femenina. Y escotazo.

No le contesté. Me limité a sonreír con picardía. Probé a aguantarle la mirada entretanto, aunque a él no se le daba nada mal el juego de seducción sin palabras, lo que terminó por ponerme nerviosa. Disimulando con naturalidad, me giré de nuevo de cara a la barra y esperé a que me atendieran.

Él se acercó a mi oído y me susurró unas palabras que me pusieron la piel de gallina:

– Me encantan los coulottes.

A pesar de que me había quedado en evidencia justo con lo que me preocupaba desde que comprobé frente al espejo de mi recibidor que la ropa interior se marcaba más de lo que me había parecido en la tienda, aquella simple frase había convertido el asunto en un acierto en vez de un error. Con todo, le estaba mirando con la cara desencajada, sin saber cómo reaccionar. Me había dejado sin respiración.

Posó el índice bajo mi barbilla y con un leve movimiento ascendente situó mi boca en el camino de la suya. Entonces se acercó tan sutilmente que no me hizo falta hacerle la cobra completa. Creo que ni siquiera intentaba besarme realmente; sólo era un tanteo. Aún así, yo eché la cabeza un poco hacia atrás, marcándole que no le dejaría acercarse más. Pero, como no llegó a hacerlo, la situación me gustó. Aquello sí era erótico, y no el Ian Somerhalder acercándose arrítmicamente.

Actué como si las piernas no me estuviesen temblando y le di la espalda dignamente. Lo que no pude disimular fue la respiración agitada.

Él se acercó más por detrás, posando las manos sobre la barra, rodeándome con sus brazos. Me tenía atrapada entre la barra y su cuerpo. Estaba casi rozándome.

Situó su boca dulcemente sobre mi cuello en algo menos que una caricia. De hecho, me tocaba más con su respiración que con sus labios, pero aún así me rozó con ellos mientras iba camino de mi oreja lentamente. Un cosquilleo me recorrió toda la columna y se concentró después en mi vientre.

– ¿Vas a enseñarme tu ropa interior? -me dijo en otro susurro.

– ¿Qué? ¡No! -Retiré la cabeza mientras hablaba. No quería que fuese tan directo. Eso no funciona conmigo.

– Lástima. Ya te he dicho que me encantan los coulottes.

Se apartó, terminando el juego. Se colocó a mi lado, aunque esta vez respetando mi espacio personal. Me miraba con una sonrisa traviesa en la cara.

– ¿No follas con desconocidos? -le aportó un tono que no me molestó. Hablaba con curiosidad, no intentando presionarme.

– Pues no. Yo sólo hago el amor con mis parejas -nada más decirlo, me di cuenta de que era mentira-. Bueno… Sólo follo con mis parejas.

Se rió al entender la corrección.

– ¿Te gustaría salir conmigo? -me preguntó con aquella sonrisa que todavía no se había apagado en su cara.

– ¿Qué?

Lo miré largo y tendido esperando que lo apostillara con un “es broma”. Pero no lo hizo. Él esperaba mi respuesta, y yo esperaba la explicación para tontos.

– ¿Así que quieres ser mi novio?

– Claro.

Se me quedó mirando tan fijamente que empecé a plantearme que lo decía en serio.

– Verás, hay un período de prueba de un mes para el puesto. Y no se cobra hasta entonces.

– ¿En serio?

– Sí. Además, esperaba recibir más propuestas esta noche, así que tendrías que convencerme de que eres el candidato idóneo si quieres empezar ya. -Lo dije para picarle. En realidad tenía claro que el puesto era suyo si de verdad le interesaba.

– Vaya, pues entonces tendré que demostrarte mis competencias.

Me agarró firmemente por la cintura y me estrechó contra él. Acto seguido, me besó apasionadamente. Besaba muy bien. No lo prolongó demasiado, tal y como me gusta: besos cortos e intensos.

Sin apenas despegarse de mí, apartó la cara y me observó en silencio. Bajó un poco una mano, de forma que ahora me agarraba lateralmente por el comienzo de mi trasero. La otra la subió hasta mi cara para acariciarme dulcemente la mejilla con las yemas de los dedos. Era su forma de decirme que le parecía preciosa.

Cuando dejó de deleitarse con mi belleza, fijó sus ojos sobre los míos y comenzó a mostrarme una sonrisa pícara. Algo iba a hacer.

La travesura consistió en bajar la suave caricia que me producían las yemas de sus dedos. Lentamente, cruzó mi cuello, mi clavícula, y siguió el sentido descendente por mi escote. Llegó al primer lunar y se entretuvo unos pocos segundos con él, dibujando un par de pequeños círculos a su alrededor.

– Muy sugerente -repitió.

Entonces siguió bajando hasta el segundo lunar, casi oculto por la ropa.

– Y este también.

Yo me limitaba a mirarlo, muy seria. Mis ojos buscaban inconscientemente sus labios una y otra vez. Por eso me lancé a besarle. Quería morderle, apretarlo contra mí, acariciarlo… y palpar su incipiente erección. Aquello era lo que más deseaba. Sin embargo, no era el momento ni el lugar.

Lo hice igualmente. Di una rápida pasada y me giré como si nada, dándole la espalda. Ya iba por la tercera vez que intentaba pedir.

Se apretó contra mi trasero.

– No voy a aguantar un mes así -me dijo al oído.

Giré un poco la cabeza, buscando su cara.

– ¿Me pides que te dé un adelanto antes de saber si superarás el período de prueba para el puesto?

– Según la ley, supere o no el período tendrás que pagarme, así que…

Estaba claro que iba a salirme con la legalidad tarde o temprano.

– Sólo estoy dispuesta a cubrir tus dietas. No ganarás, pero tampoco perderás.

– ¿Y cómo vas a cubrir mis dietas?

– El primer mes tus tareas serán básicamente manuales, pero puedes decirme qué necesitas para hacer bien tu trabajo, y yo te lo proporcionaré.

– Pues lo primero que necesito, es conocer la forma de trabajar de la empresa para poder adaptarme.

– ¿A qué te refieres?

Se acercó a mi oído con objeto de asegurarse de que nadie más lo oyera.

– Me refiero a que tendrás que mostrarme cómo haces tú esos trabajos manuales en tu caso.

Noté cómo la humedad se apoderaba de mi ropa interior. El ligero cosquilleo que sentía en la barriga podría haber desembocado sin lugar a dudas en un orgasmo si él hubiese llevado su mano a mi zona íntima. Me habría bastado con que la hubiese posado sobre mi vulva, con un pequeño roce de mi clítoris.

– ¿Cuándo empezamos a trabajar? -me preguntó.

– Hoy es festivo, ¿recuerdas? -le contesté. Quería dejar claro que quien marcaba el calendario laboral era yo.

– Bien, pues espero que no te lleves el trabajo a casa.

Se retiró, no sin antes darme una palmada en el trasero. Se situó a mi lado en la barra con intención de pedir también. Me miró alegremente, contagiándome su sonrisa.

Supe de inmediato que satisfaría todas mis expectativas incluso con los ojos cerrados. Por él merecería la pena adelantar la fecha de cobro.

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