Sabía que llegaba el momento. Todo su cuerpo lo estaba deseando.

Él se acercó por detrás y le estrujó los pechos con saña. Después, bajó las manos hacia los vaqueros de pitillo, unos que le hacían un culo impresionante, y le soltó el botón. Entonces ella se dio la vuelta y le acarició pícaramente el pubis con el dorso de la mano, metiéndola bajo sus calzoncillos. Aquello fue el detonante.

La agarró bruscamente por las nalgas y la obligó a darse la vuelta, casi empotrándola contra el espejo del probador durante el proceso. Al final, ella terminó apoyándose con los brazos y haciendo fuerza en sentido contrario porque el ímpetu de él habría terminado en cristales rotos desperdigados por todo el suelo sin lugar a dudas, aparte de algún que otro punto de sutura en su cara si no se andaba con cuidado.

Le bajó los pantalones y las braguitas hasta las rodillas de un tirón. A continuación, ella escuchó cómo se desabrochaba sus propios pantalones. Se aproximaba la ansiada penetración.

Estaba completamente mojada, tan excitada que le habría dado igual que se tratara de sexo anal.

No lo llegó a descubrir. Lo siguiente sucedió de forma muy rápida y confusa: una mujer salió del probador en el que ambos se encontraban para comprobar no sé qué (¿la novia de él?; ¿se encontraba allí de voyeur?); se cayeron dos bolsos de las perchas que ella volvió a colocar en su lugar diligentemente, y de repente recordó que no se había quitado el pañuelo de papel que se había puesto sobre el ano (¿?).

Se despertó extrañada, húmeda e insatisfecha. Una vez más. Hasta en los sueños se quedaba siempre a medias…

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