Ahí estaba su casero, imponente con su metro ochenta de altura y tan atractivo como siempre. Llevaba unos vaqueros de color azul claro, una camisa blanca de lino remangada y unos zapatos de piel elegantes e informales a la vez.

Comprobó que ya se intuían los primeros rayos de sol del verano en su piel. A saber a dónde había ido a por ellos, puesto que en aquella ciudad seguía siendo primavera, y tampoco es que abundasen los días soleados.

Su presencia nunca le resultaba indiferente. De nuevo sintió otra oleada de calor recorriendo su cuerpo de arriba a abajo, y vuelta hacia arriba hasta acabar concentrándose en sus mejillas. Tardó unos segundos en darse cuenta de que él estaba esperando una respuesta. Tuvo que recapacitar y rememorar qué era lo que le había dicho. ¿Pizza? Ella no había pedido pizza, pero la verdad era que estaba hambrienta, y la visión de aquella caja resultaba más apetitosa sólo por estar en sus manos. Y aquel olor intenso… Se le había abierto el estómago de repente.

– Hola, Javier. Pasa – le dijo al fin. Después de todo, aquella era su casa.

– Por favor, llámame Javi. ¿Qué tal va la mudanza? -le preguntó mientras echaba un vistazo alrededor. Sonia no había tenido tiempo aún a colocarlo todo en su sitio.

– Bueno, voy poco a poco.

– Eso está bien. -Una sonrisita pícara apareció en su cara. Cuanto más juguetón y misterioso se ponía, más le gustaba a Sonia-. Venía de camino a hacerte una visita y decidí parar a comprar una pizza por si no habías comido todavía. Yo estoy hambriento, ¿y tú? ¿Tienes hambre?

– Sí, la verdad es que sí. Gracias.

– ¿Comemos entonces?

– Por supuesto.

Sonia preparó la mesa tranquilamente a pesar de notar la mirada de Javi clavada en ella. Era consciente de que estaba analizando todos sus movimientos, y también de que podía ver más allá de su ropa incluso. De espaldas a él, podía sentir cómo estaba repasando cada una de sus curvas, haciéndose una idea bastante aproximada de lo que habría debajo del vestido sin duda. Ella no había dejado mucho margen para la imaginación al elegir su atuendo, aquel sencillo vestido negro de tirantes con un escote sugerente. El calor hizo nuevamente acto de presencia, pero ya no se estaba concentrando en sus mejillas. Pese a todo, seguía conteniéndose.

Lo había percibido desde el principio, desde la primera vez que él había tonteado con ella. En aquella ocasión, se encontraban en la fiesta de apertura de la nueva oficina de la agencia inmobiliaria que los había puesto en contacto. Habían invitado al acto a puerta cerrada a los clientes de la zona y los habían agasajado con cava y canapés por su fidelidad. Javi y ella habían acordado que la entrega de llaves tendría lugar aquella tarde dado que él estaría fuera de la ciudad cuando ella llegase, por lo que se vieron allí. No tardó en mostrar sutilmente su interés, pero ella no le había seguido el juego porque había tomado la determinación de centrarse en su nueva vida, no quería complicaciones. Además, tampoco es que hubiese sido tan obvio. Prefirió suponer que era su natural forma de ser y no le dio más importancia.

En cambio, hoy estaba siendo diferente. Percibió un guiño en cada palabra, una invitación, como cuando había dicho “puede escoger la forma de pago” al presentarse en el piso con la pizza. Daba la impresión de que estaba dispuesto a sacar todo el arsenal para seducirla. Y así fue. Pudo ver claramente el deseo en sus ojos cuando levantó la vista tras dejar los platos sobre la mesa, y ya no pudo apartarla. Sus miradas se habían enredado, se habían fundido.

– ¿Comemos? -dijo él en un susurro, con el tono de voz más sensual que ella había oído jamás.

Sonia no podía contestar. Su respiración se había agitado, y apenas era consciente de nada que no fuesen los ojos de Javi y la humedad de sus braguitas. Se quedo inmóvil, incapaz de reaccionar más que con excitación ante ese hombre.

Él comenzó a acercarse. La dominaba únicamente con su mirada firme. Un paso de él se reflejaba en un jadeo de ella. Otro paso, otro jadeo. Estaba cerca, más cerca. Ya podía tocarla con su respiración. Se detuvo a unos centímetros. Ella sometía su mirada a la de él sin levantar el mentón, enmarcando el deseo en sus grandes ojos castaños con sus largas pestañas. A él le resultaba irresistible frente a frente, pero estaba dispuesto a alargar el momento lo necesario con tal de que la excitación llegase hasta límites insospechados para ella. Quería follarla con la promesa del sexo antes que con el sexo en sí. Por eso no hizo nada durante unos segundos que a Sonia le parecieron minutos. El juego no había hecho más que empezar.

Javi aguardó una señal de impaciencia en su agitado cuerpo, señal que llegó en forma de suspiro. Deseaba aquella boca entreabierta, aquellos labios anhelantes, ansiosos. Aunque todavía no era el momento. Lo que hizo fue alargar la mano hacia el interior de uno de sus muslos y la acarició suavemente con el dorso, subiendo sin prisa, torturándola con su calma. Despacio… Arriba… Ella se abría a su paso, dejándole hacer.

Su dedo índice llegó primero y se detuvo. La yema se había posado sobre la tela de la ropa interior a la altura de la más que húmeda vagina de Sonia mientras el dorso de la mano aún ejercía presión contra su muslo, y lo había hecho tan levemente que ella no sabía si lo que sentía era el contacto de uno de los dedos o el palpitar de su sexo desbocado. Entonces él retiró la mano y lo descubrió al echar de menos ese dedo que ni siquiera podía ver.

Ágilmente, Javi coló la mano bajo sus bragas estirando la cinturilla y le introdujo el corazón y el anular con una facilidad asombrosa mientras presionaba su clítoris con la palma. Apenas la había palpado un poco por dentro cuando ya detuvo su movimiento, aunque sin dejar de presionarla… por dentro y por fuera… sólo presión. La estaba volviendo loca ahogando su punto G y su clítoris al mismo tiempo. Sonia empezó a sacudir su cadera buscando la fricción que él le negaba, pero Javi la frenó en seco agarrándola firmemente de la nuca, inclinándose sobre ella y quedándose a apenas unos milímetros de su cara. Ella levantó al fin el mentón, ofreciéndole su boca, suplicándole un beso sin hablar mientras él presionaba sus dos mayores puntos erógenos, casi a punto de levantarla del suelo, empujándola hacia arriba para que no pudiese restregarse otra vez. Gloriosa tortura.

Una vez más, él le negó lo que ansiaba. El beso no llegó. Tan cerca y tan lejos a la vez.

Sonia se sometió por fin al control de Javi, no sin antes llevar su propia mano al hinchado paquete de sus pantalones, comprobando que su erección también estaba siendo ahogada, aunque en este caso por la tela de los vaqueros. Frotó dulcemente la palma por toda la extensión de su duro pene, y después volvió al centro y apretó. Nadie quería un intercambio de rehenes en ese momento.

Javi fue a por su tercer punto erógeno. Posó la palma de su otra mano sobre uno de los pechos de Sonia, pero no por donde ella habría querido. La había puesto sobre su escote, sobre la piel que quedaba a la vista, apretándole el seno desde arriba, comprobando su dureza. Milagrosamente, empezó a bajarla, pero tan sumamente despacio que Sonia apretó aún más su polla a modo de venganza, exigiendo sin derecho. Ante ese acto de rebeldía, Javi detuvo la mano y separó la otra, aliviando la presión de tal modo que Sonia pudo sentir el latido de su corazón a través de los rehenes liberados. Necesitaba que volvieran a ser apresarlos. Frotó de nuevo su palma sobre el pene de Javi, alternando fricción con suaves apretones.

– Por favor… -le suplicó con apenas un hilo de voz.

– ¿Vas a portarte bien? -Las caricias de Sonia empezaban a surtir efecto sobre su respiración.

– Sí. Por favor, sigue.

Él retomó la faena justo donde la había dejado, y Sonia no pudo evitar cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, concentrándose en el placer, intentando estallar de una vez por todas.

– Aguanta un poco, pequeña -le ordenó Javi-. Sólo un poco más.

Su mano empezó a ocupar el lugar del vestido y del sujetador, que se iban arremolinando a su paso, perdiendo el terreno que la mano ganaba firmemente, sin prisa pero sin pausa. Ya estaba llegando al pezón, más duro que nunca, más ansioso que nunca, más sensible que nunca. La espera llegó a su fin, y Javi cubrió por completo el pecho de Sonia con su palma. Lo apretó con delicadeza un efímero instante que ella apenas pudo saborear antes de que se convirtiese en pasado. Y la mano siguió bajando, lentamente, hasta dejar su pezón expuesto entre la palma y el pulgar, que estaba separado del resto de la mano. Era el único contacto que le quedaba pendiente, el travieso pulgar, más espabilado que cualquiera de sus hermanos, más incluso que todos ellos juntos. Lo estaba esperando para la traca final. Él iba a ser el detonante sin duda, y ya estaba cerca. Sin embargo, el tiempo se detuvo junto con la mano de Javi. Sonia, extrañada, abrió los ojos de nuevo, encontrándose con el rostro sonriente de Javi. Él esperó ese momento, ese preciso momento, para pinzar fuertemente su pezón entre el índice y el pulgar. Asimismo, con la otra mano aligeró la presión y retomó la fricción. Y así fue como la hizo implosionar primero y explotar después con un gemido que él absorbió con su boca, dándole todo lo que ella necesitaba a la vez.

Sonia tuvo que agarrarse a sus hombros para no caerse, no muy segura de si podría volver a caminar tras aquello. Aunque no le hizo falta. Tras percibir que el interminable orgasmo de Sonia había finalizado, Javi le quitó las bragas, la agarró por el trasero y la guió para que ella rodeara su cintura con las piernas y poder llevársela de este modo a cuestas hasta el dormitorio.

Antes de sentarse sobre la cama con Sonia aún a cuestas, se desabrochó los pantalones con una sola mano y liberó su potente erección, guiándola hacia la entrada de la vagina. A continuación, se limitó a dejar que la gravedad hiciera el resto dejándose caer sobre la cama al tiempo que soltaba lo justo a Sonia. La penetración al caer fue fuerte y profunda, con ecos provocados al rebotar ambos en la cama. Sonia gritó de dolor, de placer y de sorpresa al sentirse llena tan de repente. Necesitó unos segundos para reaccionar. Javi la miraba pícaramente, con la expresión que únicamente un niño grande puede mostrar tras cometer una travesura.

Una vez recuperada, ella se dispuso a cabalgar sobre él. Sin embargo, Javi simplemente no se lo permitió. La aferró por las caderas, impidiendo que se incorporara, luciendo una malvada sonrisa en su rostro. Ella luchó por liberarse, sin conseguirlo. No entendía por qué no dejaba que fuese ella quien se lo follara a él. Su voluntad fue mermando lentamente, quedándose al final en tímidos intentos de escapar. Apoyó su frente contra la de él con los ojos cerrados, intentando saborear la sensación de tener su pene grande y duro dentro de ella. Apretó sus músculos vaginales a fin de intensificarlo, y se concentró como nunca lo había hecho, apretando y soltando, cada vez más rápido. De vez en cuando perdía el ritmo, pero lo retomaba enseguida. Sintió que él se relajaba y la liberaba del anclaje, aprovechando la ocasión para incorporarse muy lentamente, alternando la intensidad y frecuencia de sus contracciones musculares voluntarias como si saborease su polla con el coño… más suave… más fuerte… más rápido… más despacio… grandes intervalos… pequeñas repeticiones… sólo la punta… la verga entera… hasta que él la inmovilizó de nuevo, en esta ocasión para no soltarla. Sonia, provocándole con su mirada más sexy, se resistió sin dejar de apretarle en su interior. Veía en sus ojos que él iba a correrse pronto, y aquello la excitó más todavía. Pero no podía hacer nada. Era él quien dominaba la situación. ¿O no?

Empezó a masajearse los pechos, jugando con sus pezones, y luego llevó una de sus manos al clítoris, procediendo a estimularlo. Estaba muy cerca… y seguía apretando… más fuerte… más rápido… más repeticiones… más… más… hasta que dejó de tener el control. Ni él ni ella. Su orgasmo tenía vida propia e iba por libre. Apartó los dedos del clítoris y se apretó los pechos con ambas manos, dejando que su orgasmo se calmara solo.

Javi no estuvo de acuerdo. Pinzó su clítoris con dos dedos y lo agitó rápidamente de un lado a otro, desencadenando réplicas en su terremoto interior, además de gritos incontrolables que provocarían sin duda que algún vecino llamase a la policía. A él se la sudaba. Quería correrse ya, y aquello era justo lo que necesitaba: verla perdiendo la compostura.

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