Hace años que somos compañeros de oficina. Siempre he sabido que la atracción física es mutua, pero, por suerte o por desgracia, soy ante todo un profesional. Por eso nunca intenté nada.

Esto no impide que sea muy observador con ella. En el fondo le encontré cierto gusto a desearla en secreto. El caso es que sé cuándo está triste, cuándo le preocupa algo, cuándo está ilusionada… Por saber, sé incluso cuándo tiene la regla. Y también cuándo está excitada.

He visto cientos de veces esa lujuria, esa luz diferente en su mirada. Sus ojos, normalmente castaños, adquieren un tono verde militar cuando vence en ellos el poder de tan hermoso color que suele estar relegado al fino contorno de su iris en otras circunstancias. No sólo el deseo lo despierta, aunque, al hacerlo, es especial, como si se expandiera por todo su cuerpo a través de ondas invisibles.

Esta tarde me puse a observarla desde mi silla. Estábamos completamente solos en la oficina. Me imaginé cómo me sentiría al acercarme y pasar las manos por encima de su ajustada falda… o bajo su blusa… Me imaginé apretando sus pechos… y… La incipiente erección me obligó a reajustar un poco los pantalones.

Ella estaba de pie, ladeada respecto a mí, aparentemente distraída leyendo unos papeles. Su melena, suelta y rizada con ese toque tan salvaje suyo, me impidió ver que me había pillado y que me estaba observando de reojo. No se movió hasta que me di cuenta. Entonces se sentó sobre una mesa, sonriéndome traviesamente.

No me quedó más remedio que dejarme llevar; tuve que follarla. Y, al hacerlo, tan sólo veía el verde… tan sólo sentía el verde. Entonces lo comprendí: el deseo, en realidad, es de color verde.

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