Llamó al timbre con una puntualidad y precisión digna del mejor reloj suizo; ni un minuto antes ni un minuto después: justo a la hora que le había dicho. Bueno, no sé si son los relojes suizos los que tienen la fama, pero los habitantes de ese país sin duda son puntuales. Tengo por allí a un par de amigas nativas que cada vez que vienen de visita se encargan de recordármelo. Anda que el chocolate suizo… ese sí que tiene una fama bien merecida. Las dos hermanas, las vecinas de Heidi, me traen de regalo una tableta cuando se dejan caer por España. ¡Menudo sabor! ¡Y qué textura! Estoy deseando que Noelia se venga en mayo. O sea… no sólo por el chocolate, claro. Esto… A lo que iba: el chaval fue puntual. Y no tardé en descubrir que él también se traía consigo una tableta. Incrustada en el torso, para más señas. Con esos ojazos verdes y el pelo rubio podría haber pasado por suizo perfectamente. Quizás fuese un poco bajito para la media del país, ya que apenas rondaría el metro setenta y cinco. Era algo así como un suizo catalán.

– Sergi, ¿verdad? –le pregunté al abrirle la puerta.

– Sí. Soy yo.

– Al fondo tienes un cuarto para desnudarte. –En este mundillo vamos directos al grano-. Te he dejado un albornoz colgado en la percha. –añadí.

– De acuerdo. Gracias.

Pocos minutos después de encaminarse hacia donde yo le había indicado, entró en la sala vestido únicamente con la prenda que le había cedido para la ocasión. Incluso se vino descalzo a pesar de que también le había dejado en el cambiador unas chanclas. Supuse que al no mencionárselas, no se había atrevido a cogerlas por si acaso no eran para él. Ante semejante idea, no pude menos que pensar en lo adorable que resultaba. Tenía cierto aire triste en la mirada que combinado con el resto te incitaba a querer achucharlo y follártelo allí mismo.

– ¿Estás listo? –le pregunté.

Asintió con la cabeza. Acto seguido, se despojó del albornoz y se situó en la tarima de los modelos. No es demasiado alta, puesto que prefiero que mis alumnos trabajen cómodamente sentados sobre un taburete, y determinadas perspectivas que luego empequeñecen a quien contempla la obra no me gustan.

Me acerqué a él y moldeé en silencio la que iba a ser su postura: rostro ladeado, barbilla y mirada hacia abajo, piernas separadas… Mientras lo hacía, no me perdí ni un solo detalle de su cuerpo, aunque lo hice disimuladamente, evitando en todo momento situaciones incómodas que pudiesen desembocar en una erección. Me refiero a que, por ejemplo, para colocarles las piernas a los modelos, no me arrodillo ante ellos dejando su polla a unos centímetros de mi cara, sino que me sitúo siempre a un lado, de pie.

Lo curioso fue que, al contrario de como vengo actuando siempre, a la hora de girarle la cara, lo hice hacia mí. Procuro ser muy profesional y ver a los modelos como a una pequeña parte del arte que mis alumnos van a crear en mi estudio; por eso siempre muestro cierta frialdad, lo que implica tratarlos como a un objeto. Sin embargo, desde que vi a Sergi nada más abrir la puerta, dejó de ser arte y se convirtió para mí en aquello en lo que es definido en su día a día: un hombre. Supongo que, inconscientemente, quería asegurarme de que él me viese a mí como a una mujer y no como a la profe de pintura al óleo para la que tenía que posar. Por eso me aseguré de estar en su campo visual en todo momento. Lo demás vino solo: miradita pícara por aquí, sonrisilla viciosa por allá… et voilà, conseguida una bonita tensión sexual antes de bajarme de la tarima.

Durante unos segundos, nuestras miradas se cruzaron. No, no se cruzaron: se fundieron. Allí, entre nosotros, había calor.

Cuando comencé a derretirme por cierta parte de mi anatomía, lo abandoné inmóvil en una postura sencilla y di el pistoletazo de salida.

– Podéis empezar.

Lo bueno de impartir estas clases, es que llegado un momento como este en el que desearías admirar embelesada al modelo, puedes hacerlo a través de los lienzos de tus alumnos. Así te recreas con su cuerpo sin que nadie se entere. Y ya tenía pillado el truco: el pene nunca es tan grande como lo pinta Carmen ni tan pequeño como lo hace Juanjo. Suele ser un término medio, y, en cualquier caso, la que mejor ojo tiene para las proporciones reales es Luisa, de modo que allá que me planté.

De inmediato me arrepentí del tipo de posado que había escogido. Varío las duraciones de las sesiones en función de si queremos trabajar los tiempos o el detalle, y, por desgracia, había escogido a Sergi sin tan siquiera conocerlo de antemano para la pintura rápida. Tenía claro que contaría de nuevo con él más adelante, pero aún así, me sabía a poco tenerlo allí apenas una hora. Además, mis alumnos no dominaban todavía eso de dejar de lado los detalles cuando tocaba ir aprisa y corriendo. Siempre se quedaban a medias, y como se empieza a pintar por el rostro, me quedó claro que si quería recrearme en sus genitales masculinos tendría que contemplarlos directamente yo misma.

Disfruté de las vistas como buenamente pude. No me refiero sólo al pene: lo estudié desde la punta de los pies hasta la punta del pelo. Tal vez se me notase un poco más parada de lo normal por andar enfrascada en mis fantasías sexuales, pero creo que disimulé bastante bien. Aunque no saltase de un alumno a otro cada dos segundos ni les diese tantas indicaciones como es mi costumbre, me molesté en hacer lo mínimo posible para no llamar la atención. No niego que me comuniqué básicamente por monosílabos.

Al finalizar la clase, todos recogieron sus cosas y se despidieron de mí jovialmente. En cuestión de segundos me vi sola en el estudio, puesto que Sergi se había retirado también al cambiador. Entonces aproveché para sacar mi cartera del bolso. Tenía que darle los treinta euros que habíamos acordado por teléfono, pero tonta de mí, se me había pasado por completo ir al cajero aquella mañana. No caí en la cuenta de que estaba pelada hasta que abrí la cremallera y me encontré con dos miserables euros.

– ¡Me cago en la puta! –solté en voz alta.

– ¿Estás bien? –su voz sonó a mi espalda. Había regresado sin que me percatase de ello.

No hay nada más bochornoso que echar mano a la cartera a la hora de pagar y encontrarte con un agujero enorme y oscuro dentro. Es como un truco malo de magia: metes unos billetes y al volver a abrir la cartera unas semanas después tras varias compras de por medio ya no están. Me puse roja como un tomate.

– Yo… Perdona, es que se me olvidó pasar por el cajero esta mañana. Voy ahora mismo y te traigo el dinero. Si quieres puedes acompañarme, está cerca.

Sonrió amablemente, para mi tranquilidad.

– No te preocupes, mujer. No pasa nada. –Me miró de arriba a abajo sin dejar de sonreír-. De hecho, si quieres podemos hacer una cosa. Favor por favor en vez de hacerlo por dinero.

– ¿A qué te refieres?

No estaba muy segura de si deseaba que me hiciese una proposición indecente o si aquello, por el contrario, le habría hecho perder puntos. No quería verlo como al típico salido que está siempre pensando en el sexo. Para eso ya estaba yo.

– Verás, a mí también me gusta el arte; yo moldeo –me dijo.

– ¿Insinúas que quieres que pose para ti?

No es que me sienta cómoda sin ropa ante un hombre, que una tiene sus complejillos, pero la idea de que él me observase a mí con el arte como gafas… que descubriese cada recoveco de mi cuerpo como yo había hecho con él… No sabría definirlo, la verdad. El caso es que sabes que no te van a mirar de la misma forma. De hecho, no te miran: te admiran. Por eso comencé a lubricar en ese mismo momento. En cierto modo me excitaba imaginarme el sexo entre nosotros adornado con los tintes del arte, como si se tratase de algo que va más allá de una situación entre un hombre y una mujer. Aunque el sexo, en este caso, consistiese únicamente en posar el uno para el otro.

– Insinúo que quiero que te desnudes. Puede ser aquí mismo, ahora. –Su tono de voz me resultaba cada vez más sensual.

– ¿Es que siempre llevas contigo tu material de trabajo? –Yo me refería a la arcilla, pero ahora que caigo… Por fin entiendo por qué le parezco tan inteligente a la gente: voy soltando frases con doble sentido por ahí, y yo sin enterarme.

– Yo moldeo el placer.

– ¿Qué? ¿Te estás quedando conmigo?

– No, para nada. Desnúdate y te lo demostraré.

No me gustó su forma de querer llevarme a la cama; me pareció una triquiñuela para descerebradas. Que intentara adaptar el hecho de que yo fuese una artista de forma que su seducción tuviera que ver con ello me pareció algo propio de un chulo de playa que dice cuatro tonterías con objeto de camelarse a cualquiera. Era insultantemente vulgar y simple. Aún así, me desnudé en menos que canta un gallo. Me pareciese o no cutre el proceso, estaba deseando que me follara.

Me quedé frente a él tal y como llegué al mundo, desafiante. O sea, no es que al nacer me pusiese chula, quería decir que estaba desnuda; lo de desafiante iba aparte.

Aquí la cosa se puso seria. Se acercó a mí despacio hasta situarse a mi espalda y posó sus manos dulcemente sobre mis brazos. Suavemente, comenzó a acariciarme despacio, arriba y abajo. Me sentía como si él estuviese disfrutando con la suavidad de mi piel en vez de como si lo estuviese haciendo para mí. Y ser consciente de su disfrute, sintiendo su respiración sobre mi hombro, hacía que yo estuviese cada vez más excitada.

Poco a poco, pasó a acariciarme por el resto del cuerpo: la cintura… los muslos… las nalgas… el vientre… los pechos. Cuando llegó a esa parte, se pegó a mí por completo, haciéndome partícipe de su erección. Se recreó con mis senos, apretándolos, acariciándolos, jugando con mis pezones erectos. Yo eché la cabeza hacia atrás y me apoyé en él. Me estaba abandonando a las sensaciones que sus manos me provocaban. De algún modo, entendí a qué se refería cuando decía que él moldeaba el placer. Había dejado una suave caricia sobre mis brazos y la había arrastrado por todo mi cuerpo hasta convertirla en algo más intenso.

Lentamente, bajó una mano hacia mi vulva. Durante unos segundos, jugó con mi humedad, expandiéndola desde la entrada de la vagina hasta mi clítoris. La otra mano seguía en mis pechos, ora mimándolos, ora torturándolos con lascivia. Para cuando comenzó a masturbarme directamente, yo ya estaba al borde del orgasmo. Así fue que enseguida estallé en mil pedazos, pedazos que él intentó mantener unidos presionando toda mi vulva con su mano.

Esperó a que me recuperase. Entonces me soltó y se posicionó frente a mí.

Bajé la vista hasta su abultado paquete. Me alegró comprobar que todavía no habíamos terminado. Lo corroboré cuando se quitó la ropa.

Por fin nos quedamos en igualdad de condiciones. Me dispuse a disfrutar del tacto de su hermoso cuerpo escultural, pero él me sujetó por las muñecas antes de que pudiese posar mis manos sobre él.

– Todavía no he terminado mi trabajo –me dijo-. Túmbate en el suelo.

A pesar de que deseaba tocarle, obedecí sin rechistar. Me coloqué boca arriba, y él se acomodó sobre mí. Pensé que quería penetrarme y estaba preparada para echarle la bronca si no se ponía primero un condón, pero no fue el caso. Se limitó a besarme. Lo hizo con una calma de lo más sensual que me ponía la piel de gallina. Entretanto, a medida que aumentaba la pasión de sus besos, posicionó su pene completamente duro contra mi vulva, no sé si por mayor comodidad o si el objetivo consistía simplemente en provocarme.

Estuve a punto de forzar la penetración con un golpe de cadera. Por suerte, conseguí contenerme. Me estaba volviendo loca.

Di gracias al cielo cuando se separó, llevándose sus besos por mi cuello. Siguió bajando sin prisa, camino de mis pechos, ayudándose de una mano para colaborar con esa boca que me arrastraba de cabeza a la perdición. Así consiguió abarcar ambos senos a la vez.

A continuación, arrastró sus labios por mi vientre. Estaba tan concentrada en calcular cuánto le faltaba para llegar a la meta a esa velocidad que su treta me pilló completamente de improviso. Lo que hizo fue penetrarme con un par de dedos. Yo me retorcí de placer, puesto que los llevaba en busca de mi punto G, presionando la pared interna de mi vagina. Por si no tuviese bastante, no tardó nada en unir su lengua a la potenciación de mi disfrute, dando con ella suaves pasadas por mi clítoris. Dedos y lengua estaban perfectamente sincronizados.

Esperó al momento exacto para aumentar el ritmo y la presión de sus acometidas. Sabía interpretar las señales de mi cuerpo, y como si de un maestro escultor se tratase, me modeló de tal forma que sacó a relucir el máximo potencial de mis dos mayores puntos erógenos, habitualmente perdidos en mi interior. Comportándose tal y como si yo fuese un bloque de mármol, no estaba buscando el estímulo directo de mis centros del placer, sino que estaba apartando lo que sobraba, dejándolos emerger por sí solos de donde siempre habían estado, cincelando diestramente en torno a ellos. Mi orgasmo siempre había estado ahí; él sólo lo liberó en el último momento, tocándolo una vez lo hubo separado del resto del cuerpo. Llegó salvajemente justo cuando succionó mi clítoris con sus labios y detuvo sus dedos directamente sobre mi punto G con una presión constante. Aquí ya no pude evitar perder la compostura, pasando a agitarme convulsamente entre gemidos.

Estaba pensando en lo que haría para intentar devolverle tanto placer, aunque no me cabía la menor duda de que yo no sabría moldear su placer como él había hecho con el mío. Lo único que tenía claro era que necesitaba unos segundos para reponerme y acertar a moverme.

– Date la vuelta –me pidió.

Obedecí sumisamente. Todavía no era del todo consciente de mi propio cuerpo tras semejante éxtasis, pero mis músculos seguían respondiendo. Él me ayudó, guiándome a fin de que me pusiera a cuatro patas. Sin embargo, estaba tan sumamente cansada que tuve que recostar mi cabeza contra el suelo. Las fuerzas me llegaban a duras penas para sostener mi peso en esta postura.

Me imaginaba cuál sería su siguiente paso y, sin embargo, no podía ansiar que llegara. Me daba absolutamente igual que me penetrara porque yo ya no era capaz de desear otro orgasmo. Creía que había llegado al límite. Al menos hasta que pasaran bastantes minutos.

Él consiguió acortar ese plazo radicalmente. Tras un par de minutos acariciándome por todas partes, especialmente pasando las yemas de los dedos ligeramente por la vulva, consiguió que el tono en que pensaba «que me penetre de una vez» cambiara de cariz. Ese paso final que no terminaba de llegar se transformó segundo a segundo en un premio. Esperó hasta que mis caderas se unieron a su juego de caricias, buscándolas. Y entonces me penetró. Fue una embestida rápida, hasta el fondo. Me sujetó por las caderas para que no me moviera y saboreó ese momento dentro de mí.

Al principio siguió con la pauta de embestirme deprisa y aguantar unos segundos así. Después aumentó el ritmo. Luego ya empezó a variar el ángulo de penetración, la intensidad y los tempos. Pero básicamente se podría definir como sexo duro.

Ya hacia el final, me pidió que me tocara. O más bien me lo ordenó.

– Mastúrbate. Quiero que nos corramos a la vez.

Jamás me había sentido tan inútil a la hora de hacerlo. Era como si de repente no supiese proporcionarme placer yo misma tras haber pasado por sus manos. Menos mal que su sola presencia me excitaba, lo cual, unido a su forma de follarme, me permitió ese último orgasmo que desencadenó el suyo, sellando de esta forma nuestro primer encuentro sexual.

Para envidia vuestra, he de aclarar que el mencionado no fue mi último orgasmo de la jornada, sino el último de la primera parte. Omito el resto de detalles porque por mi parte no hubo más que un vil intento de plagiarle sin éxito y por la suya vino a ser prácticamente lo mismo. Además, no sabría aclarar cuántas veces lo hicimos aquel día, ya que, ¿qué determina el número en sí? ¿Las eyaculaciones de él? Entonces lo hicimos  tres veces. ¿Mis orgasmos? Tuve cinco: tres en el primer encuentro, dos en el segundo y cero en el tercero, durante el cual estaba tan cansada que reconozco que para él debió de ser como montárselo con un saco de patatas. Si, en cambio, cada uno de nosotros tendría que llevar su propia cuenta por separado en vez de acordar un número común, le gané, dado que yo habría follado cinco veces y él solo tres. Sí, esta teoría me gusta más, como si fuese una competición.

En fin… Así fue como me tiré al escultor del placer. ¿Os conté ya aquella vez que me acosté con dos tíos seguidos? Es que estaba tan borracha que creí que era el mismo tipo y que estábamos follando por segunda vez, pero resultó que no. Bueno, esa historia mejor para otro día.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR