Aprovecha que el camarero acaba de retirarse para ofrecerle el regalo, empujando lentamente la caja sobre la mesa. Lucha por contener la sonrisa, aunque sin pretender evitar la carga sexual de su mirada.

– Sé discreto –le ruega en un susurro.

Tal y como es aconsejado, desvela el enigmático contenido situando el pequeño envoltorio entre el mantel y su regazo. A pesar de que no puede ver gran cosa desde su posición, ella reconoce en su rostro las fases que le permiten imaginarse cada movimiento: expectación ante la duda, excitación por el descubrimiento y frialdad durante la toma de control de la situación. Aquello último no se lo esperaba. Tiene la certeza de que lo sostiene ya entre sus manos, y aún así…

La impaciencia comienza a apoderarse de ella.

Observa cómo él se inclina hacia atrás y se apoya cómodamente contra el respaldo de la silla mientras coloca el puño cerrado sobre la mesa, limitándose a mirarla con media sonrisa dibujada en la cara. La está provocando descaradamente. Supone que quiere verla suplicar.

Había empezado a lubricar inconscientemente en cuanto sacó el regalo del bolso, y ahora se encuentra con que tiene que lidiar con un deseo difícilmente soportable al haberse convertido la certeza en tortura.

No puede pensar con claridad, pero decide no permitirle salirse con la suya.

Acerca su mano a la de él. Inmediatamente, él la retira y amplía su sonrisa.

Enfadada, se baja un poco las bragas, dispuesta a ponerle fin al juego. Comienza a tirar con disimulo del extremo, y entonces él acerca su silla y la frena presionando una mano contra su vulva. Con la otra, acciona la bala vibradora mediante su regalo: el mando.

– Sé discreta.

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