Por fin había llegado a la ciudad, la ciudad de los fantasmas.

Cuando alguien muere, normalmente es recogido para ser llevado hasta allí, pero, si por algún motivo, nadie acude, uno debe llegar por sí mismo.

Yo me vi obligado a encontrarla por mi cuenta, y me llevó un tiempo. La verdad es que aprendí mucho paseando solo por la muerte. De hecho, al principio ni siquiera conocía su existencia. Me informó otro fantasma de que tarde o temprano hay que dirigirse a ella para poder avanzar. En la muerte, como en la vida, se debe avanzar.

Recuerdo claramente la alegría que sentí al verla por primera vez. O más bien alivio. Ansiaba dar el siguiente paso, fuera cual fuera. Esto me hizo percibirla todavía más bella al contemplarla vestida por la niebla eterna. Anclé en mi esencia aquella hermosa estampa como la representación visual de la paz interior.

En la ciudad hay un orden establecido. Unos espíritus, los más sabios, son los encargados de impartir justicia. Reciben a las almas de los recién llegados y, tras concederles un breve período de adaptación, deciden qué sucederá: si su fase como espíritus ha concluido o no. Si están preparadas para reencarnarse, aquello les asignan, pero si han obrado mal, les imponen una penitencia antes de poder disfrutar de otra vida o unirse a la Naturaleza.

Unirse es el último final para un ser concreto. Tendrá varios finales a lo largo de su existencia, empezando por la primera muerte, si es que opta por la reencarnación. Reintegrarse en la Naturaleza es el verdadero “final” en caso de decidir que repetir otro ciclo de vida y muerte ya no tiene sentido. Y ni aun así es el definitivo, puesto que lo único que se consigue es que la esencia individualizada forjada por una o varias vidas se una a la de otros seres en una gran energía común, donde el conjunto se entremezcla para dar lugar después a nuevas esencias individualizadas. La energía nunca muere, tan sólo se transforma. Naces de la Naturaleza, te desarrollas y vuelves a ella para dar paso a otro nacimiento con otra esencia diferente de la que también puedes estar formando parte en mayor o menor medida. Somos uno; somos Todo.

Esto lo aprendes nada más llegar.

A mí todavía me estaban enseñando el lugar por ser nuevo allí. Se me asignó un tutor, una especie de guía.

En una ocasión, me llevó ante una chica. Era una mortal que no podía vernos.

– Es una suicida en potencia -me informó mi guía.

Sorprendido, descubrí que aquella chica tenía el don de la telekinesia. Iba al volante de un vehículo que, aparentemente, se manejaba solo ante la mujer, quien ni tan siquiera tenía que tocar el volante o los pedales.

– Fíjate bien -me dijo mi guía al ver mi cara.

Observándola más detenidamente, me di cuenta de que, superpuesto a su cuerpo, se encontraba el espíritu de un muchacho joven conduciendo el automóvil.

– ¿De verdad creías que podría hacer algo así ella sola? -me señaló mi instructor.

Me habló del muchacho. Al parecer era alguien que sí se había suicidado, y como castigo por despreciar la vida que ahora añoraba, debía evitar que otra persona cometiese su mismo error antes de poder reencarnarse en otro cuerpo. Y la única solución que había encontrado en su desesperación por conseguir que aquella mujer que le habían asignado no cometiese el suicidio, había sido mover algún objeto, haciéndole creer desde entonces que tenía ese don.

No me hizo falta estar sentado al asiento del copiloto mucho más tiempo para comprender que, por desgracia, la mujer abusaba de su supuesto poder en vez de darle una buena utilidad. La cara de aquel pobre muchacho a sus órdenes así me lo demostraba.

Pasaron los días y yo ya no necesité más las explicaciones de un tutor. Me movía libremente por la ciudad sin que nadie me controlase. Entonces la conocí. Se trataba de una mortal. Aunque desde diferentes dimensiones, compartíamos el espacio, por lo tanto yo podía verla a ella, pero ella a mí no. Hasta que así me lo propuse.

Cegado de amor, inicié una relación con ella, haciéndola partícipe de qué era yo y de muchos más secretos vetados a los mortales para no interferir en sus asuntos. Es la forma de mantener el equilibrio: dejándolos actuar bajo el libre albedrío de la ignorancia de forma que adquieran la bondad o maldad que sus propias experiencias les aporten. El problema es que, poco a poco, el mal ha ido ganando al bien a través de esas vidas autónomas, y pocas almas son capaces de limpiarse antes de unirse a la Naturaleza.

A mí no me importó ir contra las normas porque, en el fondo, de un modo u otro los fantasmas tenemos la misión de ser guías de los mortales con objeto de que la Naturaleza no se ensucie por completo de maldad. Echamos una mano en la medida de lo posible, encauzándolos, así que, si nos está permitido hacer pequeñas trampas de vez en cuando encubiertas de misiones, creí que tampoco pasaría nada porque una mortal en concreto conociese nuestro secreto. Aquello no iba a interferir en el equilibrio.

Aun así, nos encontrábamos a escondidas. A medida que yo iba controlando la manifestación de mi energía a fin de hacerme visible a sus ojos, firme a su tacto, y sonoro a sus oídos, pudimos darle rienda suelta a nuestro amor de forma cada vez más… física.

Llegó el día en que pudimos mantener relaciones sexuales como cualquier pareja de enamorados. Una pareja viva, quiero decir.

Como tantas otras veces, cambié de dimensión cuando no hubo ningún fantasma cerca que pudiese percatarse y me aparecí ante ella en su dormitorio. Estaba ansiosa por reencontrarse conmigo. Se lanzó a mis brazos en cuanto me vio.

Era preciosa. Su larga melena rubia ondulada enmarcaba su rostro bondadoso. La besé dulcemente antes de desatar nuestra pasión. Cuando el frenesí nos embargó por completo, le ayudé a quitarse la ropa. Me tumbó sobre la cama y se situó sobre mí. Así fue como hicimos el amor, una vez más.

El que había sido mi guía en la ciudad nos descubrió en aquel momento.

– ¿Pero qué habéis hecho? -me recriminó atónito al pillarnos.

Vi la decepción en sus ojos. Más que eso, descubrí que lo consideraba una traición. Yo no fui consciente de lo imprudente de nuestros actos hasta tiempo después, cuando se confirmó su embarazo. Entonces sólo tuve que hacerme una simple pregunta: ¿qué clase de ser surgiría de la unión de una mortal con un fantasma?

Sentimos las miradas recelosas del resto de fantasmas. A ella la obligaron a cambiarse de dimensión para tenerla controlada durante su embarazo. No es que nos odiasen por lo que habíamos hecho. Diría que incluso comprendían nuestro amor, supongo que por no ser el primero de aquellas características, pero sí que habíamos sido los primeros en consumarlo, y aquello nos traería consecuencias a todos, vivos y muertos.

No quisieron decírmelo, pero sé que algo habían visto en el tiempo, algo poco halagüeño. Me imagino que entre las múltiples posibilidades, había más de una de que mi hijo se convirtiese en el responsable del caos en el equilibrio. Pero sé que había otras posibilidades también, entre ellas la posibilidad de encontrar su lugar entre ambos mundos. Lo sé porque aquello fue lo que sucedió.

Han pasado varias décadas, y mi mujer y yo seguimos aquí, en la ciudad de los fantasmas. Esa es nuestra penitencia por haberlo puesto todo en peligro, pero no nos importa, porque así seguimos viendo a menudo a nuestro hijo, un ser inmortal que no necesita un cuerpo físico que lo canalice, capaz de moldear la energía a su antojo para darse la forma que quiera y para ayudarse en su propia misión: mantener el equilibrio desde las sombras del desconocimiento mortal de la forma más poderosa que ningún fantasma haya podido siquiera imaginar.

Junto con los ángeles, de él depende salvar el equilibrio. No nos lo ha querido contar a su madre y a mí, pero sé que el caos se acerca. Los fantasmas lo hemos notado. Algunos lo han visto en el tiempo también.

Empieza a haber grietas entre las dimensiones, y cada vez nos resulta más difícil controlarlas. Además, estoy preocupado por mi hijo. La última vez no ha venido él a repararla.

No hace falta que me lo confirmen: sé que hay un ángel que busca el caos. Y sé que mi hijo tiene que enfrentarse a él. Lo sé porque esta mañana tuve una visión, como las que tenía en vida.

Me explicaron que esto se debía a que yo, originariamente, había sido una musa que después había nacido como ser humano. Una musa nacida, lo llaman. Un residuo de mi antigua función a las órdenes de Morfeo consistió en que, siendo mortal, había tenido visiones en sueños al visitar durante ese proceso el pozo de la ósmosis, fortaleciendo aún más mi conexión con este lugar hasta el punto de que ahora tengo visiones en mi estado de fantasma sin necesidad de desplazarme hasta allí. Forma parte de esa tendencia inherente a todos los seres de establecer alguna rutina que termina por impregnarse en el espíritu, y la mía había sido durante muchos siglos visitar el pozo. De todos modos, no sé si la conexión que he establecido ahora con este sitio es natural o si forma parte de las grietas y fallos que se están produciendo últimamente en el orden de las cosas. A veces tengo la sensación de que la Naturaleza se salta su propio equilibrio para luchar por su continuidad y que por ese motivo desenvaina todas sus armas a la desesperada.

Sea por lo que sea, siento que una fuerza superior al poder de nuestros sabios me reclama, y ahora debo partir para ayudar a mi hijo. Mi mujer me acompañará. Su avanzada edad mortal nos retrasará, pero no puedo dejarla atrás dado que ella también está preocupada por él. Tan sólo espero que mis visiones nos guíen y me permitan darle el mensaje que resuena en mi cabeza: juega hijo, juega para escapar.

Disculpa la intromisión, pero es que una musa sólo tiene la inspiración como arma. Sé que tú reescribirás mi futuro y rellanarás los espacios que se queden vacíos. Lo he visto en el tiempo.

Cuando me castiguen, te avisarán de que no puedes seguir con esta historia. Lo siento.

Ahora, sigue soñando, Giu.

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