I

Aún me faltaba una hora para poder llorar. Incluso aquello tenía que programarlo. No quería mostrar en ningún momento lo dolida que estaba, así que esperaba a que se encontrase en el trabajo o durmiendo. Sabía que el matrimonio no era perfecto, pero de ahí a ese desprecio, esa degradación, esa… esa humillación.

Él acababa de regresar del trabajo y estaba cenando en la cocina. Yo ya no esperaba por él. De hecho, lo hacía todo sola. Cuanto más sola, mejor. Procuraba evitarlo siempre que podía.

Decidí llamar a Paula. Hacía tiempo que no quedaba con ella ni con Fer, y la verdad es que tenía mono de bebé. La pequeña Susanita me arrancaría una sonrisa seguro. Fer cogió el teléfono.

– Dime –sonó bastante seco. Supuse que estarían en la hora del baño o que le tocaría cenar a la peque.
– Hola, Fer. Llamaba para quedar, que ya hace tiempo que no os veo el pelo, y tengo ganas de achuchar un poco a Susanita. ¿Cuándo os viene bien?
– Pues… -silencio incómodo- ya te avisaremos. Yo ando liado con el trabajo. Y tengo que dejarte ya, que está la nena protestando.
– Vale. Ya hablaremos en otro momento entonces. Hasta luego.
– Hasta luego.

Me sentía un poco incómoda tras la conversación. No estaba segura de si serían imaginaciones mías o no, pero el caso es que me pareció que me estaba dando largas, y su tono se me había antojado demasiado cortante, como si mi llamada incluso le hubiera molestado. Empecé a pensar que tal vez hubiese tenido problemas en el trabajo. No sería la primera vez. Aproveché que Álvaro salió de la cocina camino del baño y le pregunté. Después de todo, los amigos originales eran Fer y él.

– Oye, ¿sabes si le va todo bien en el trabajo a Fer? Acabo de llamarles para quedar y ver a la nena y lo noté muy raro, muy seco.

La cara de Álvaro era un poema. Había algo. La forma en que se pasó la mano por el pelo, nervioso, y que me evitara la mirada, me indicaba claramente que prefería no contármelo.

– Pues… No sé… Tal vez… No sé…
– ¿Qué pasa?

Me miró fijamente, sopesando si decírmelo.

– Joder, Álvaro, ¡suéltalo ya!

No es que discutiésemos a menudo, y, sin embargo, desde que me confesó que quería que nos separásemos porque había conocido a otra, yo había perdido la paciencia de siempre. La verdad es que le levantaba el tono con frecuencia. Él siempre reaccionaba sumisamente a mis pequeños arranques de ira. Me imagino que se sentía culpable. ¡Qué coño! Yo tenía todo el derecho del mundo a estar enfadada.

– Es que… se lo he contado y… bueno, ya sabes que Fer es amigo mío de toda la vida.
– ¡Ah!

Debí de sonar realmente estúpida con ese “¡ah!”. Me pareció tan injusta la situación, que me fui directa a mi cuarto, molesta. Me había convertido en una experta en disimular mis emociones, aunque fuera escondiéndome.

– Ya que has empezado a contarlo, ¿por qué no se lo dices tú a todo el mundo? –le solté delante de la puerta, parándome primero y girándome dignamente con idea de enfrentarle la mirada.
– Vale.

No hizo falta recurrir al socorrido «porque eres tú quien ha iniciado esto». Agachó la cabeza de inmediato. Verlo así removía mi pequeña vena sádica y cruel. A pesar de ello, intentaba ser la misma de siempre, siempre alegre, siempre una buena amiga suya a pesar de todo, porque eso era en lo que nos habíamos convertido con el paso del tiempo durante la tediosa rutina del matrimonio, en colegas que vivían juntos. Fue culpa de los dos dejar que la historia inicial de pasión se marchitara hasta llegar a eso. Nos acomodamos en el carro en vez de tirar de él. Y yo habría seguido a su lado dentro del carro si no me hubiera obligado a salir.

Cerré la puerta tras de mí y me fui a por el portátil. Quería escuchar música y no pensar, puesto que el hecho de que empezara a contarlo significaba que no había marcha atrás. Era como si me negase a afrontarlo de verdad hasta que se hiciese público. Había llegado el momento: me convertiría en su cornuda ex mujer ante todos.

Me puse los cascos y seleccioné la lista completa de temas que tenía guardada. Tampoco es que sea de escuchar música desde el ordenador, más bien veo en el televisor mi canal de música favorito o escojo algún mix de Youtube si acaso.

Dejé que la música fluyera entre mis pensamientos, logrando amortiguarlos. De este modo, conseguí contener las ganas de llorar hasta que percibí que se estaba acostando. En nuestra cama. Yo había sido tan comprensiva que le había cedido el cuarto, aunque él insistió en ser quien se cambiara a la habitación de invitados. Mi sentido común no lo permitió. Era su casa, la cual únicamente había sido mía mientras fuimos pareja, por lo tanto era yo quien debía cambiarse de habitación y quien debía buscarse otro piso. Recordé, pues, que todavía no había dado con un lugar al que escaparme. Entonces el muro de contención se hizo añicos, y mi tristeza, ira, frustración y ansiedad, rodaron juntas mejillas abajo. La cuenta atrás había comenzado. Fin del matrimonio. Peor que eso, encima tocaba repartirse a los amigos. ¿Por qué? Vale que Fer y él se conocían desde siempre, pero Paula, Fer y yo habíamos vivido juntos muy buenos momentos también. ¿Acaso no podían mostrarme su apoyo cuando ÉL terminó con todo? ¡Joder! ¡Que yo era la cornuda de la historia! ¿Por qué me querían castigar a mí con la privación de su compañía? ¿Es que no me había ganado su aprecio en todo ese tiempo? ¿Tan sólo había sido la mujer de Álvaro? La que lo estaba pasando mal era yo. Me imaginé la escena de Fer y Paula animando a Álvaro por la ruptura del matrimonio. Lo curioso es que no andaba desencaminada. Me sentí muy sola ante aquella situación.

Por mi parte, no le había dicho nada a nadie. Tenía a los míos lejos. Y, sinceramente, no era algo que me apeteciese contar. ¿A quién le apetece confesar que su marido la va a dejar por otra? Era tan humillante… Me preguntarían cómo había sucedido todo, si se debía a que el matrimonio iba mal, si no noté nada…

Las cosas no es que fuesen bien, pero tampoco es que nos fuesen mal. Nos compenetrábamos en todo menos en el sexo, que se había convertido en el rescoldo de nuestro amor en vez de la llama. Por lo demás, todo era perfecto.

Yo siempre había pensado que el sexo en una pareja era muy pero que muy importante; si no lo cuidamos fue sencillamente porque nuestros trabajos nos absorbían la mayor parte del tiempo, y al llegar a casa preferíamos descansar en mutua compañía que gastar energías sorprendiendo al otro. Lo dejamos en lo más básico. Eso, a la larga, nos pasó factura. Luego él llegó un día con el cuento de que había conocido a alguien y que quería el divorcio. Tal cual. Sin más. Él sabía perfectamente que yo jamás toleraría ni perdonaría semejante falta de respeto, y aún así afirmó tan campante haberme sido infiel. No me lo podía creer. Me dejó helada.

¿Notarlo? No, no lo vi venir. Le veía raro, nada más. A decir verdad, se mostraba más curioso por mis inquietudes sexuales, preguntándome si no me gustaría tener tal o cual cosa, probar esto y aquello… A mí nada me parecía mal, pero tampoco es que me apeteciese en aquellos momentos, con lo que mis respuestas eran «tal vez más adelante» o «ahora no». Y él no me demostró que tuviese una necesidad imperiosa de probar cosas nuevas, más bien me pareció que era un simple tanteo por si cuadraba la cosa. Por eso me dolió especialmente que no hubiese sido más claro con que quería avivar la llama. Creí que él se había amoldado a la monotonía, como yo.

Reviviendo la traición, su falta de confianza en mí, esa asquerosa cobardía que le llevó a no hablar claramente, permitiendo que todo se fuese al garete, cayó mi última lágrima. Me prometí a mí misma que no habría más. En el fondo, antes me sentía culpable, como si no hubiese hecho todo lo posible, pero analizando lo que hizo él, comprendí que no había lugar para el remordimiento. Yo no había hecho nada malo. Conmigo se puede hablar de todo con respeto, y si no veo la razón en la otra parte, con respeto lo digo, y si la tienen, con respeto lo asumo e intento mejorar. Si él no hizo uso de esa cualidad mía, yo no me podía culpar por ello.

Estuve tentada de cargar contra él, su amante y sus amigos con el don que dios me ha dado: la palabra. Con el tiempo y la frialdad suficientes, soy capaz de plantear argumentos difícilmente rebatibles, de esos que le hacen quedar a una como una señora y a los demás a la altura del betún, y eso sí, sin un solo insulto ni palabra fuera de lugar. No lo hice porque opté por la cordialidad. Siempre opto por evitar tensiones innecesarias. ¿De qué me serviría decirles cómo y por qué no se habían portado correctamente? Únicamente lograría que se enfadaran y que nos lleváramos mal. Como dijo una vez un jefe mío, cuanto más tranquila, rotunda y efectivamente le quites la razón a alguien, más se molestará.

A esas alturas, sólo me quedaba una opción: rehacer mi vida sin perder ni un solo instante más.

Ya que no hay marcha atrás, a caminar hacia adelante se ha dicho.

II

El asunto estaba decidido. Miraría única y exclusivamente por mí. Entonces llegó, como un gran jarro de agua fría en el momento menos oportuno: “I put a spell on you”, de Nina Simone. Empezó a sonar en mi portátil. Nuestra canción.

Recordé aquella tarde. Fue al principio de nuestra relación. Llevábamos poco tiempo conviviendo juntos, y ambos nos mostrábamos bastante temperamentales. Yo intentaba dulcificarlo, y él se empeñaba en amargarme. Parecíamos condenados a no encontrar un punto intermedio de equilibrio. Hasta que él dio con la forma de demostrarme que, me dijera lo que me dijera, me quería. Fue con aquella canción.

Habíamos roto. Bueno, yo había roto con él. Me había cansado de que me soltara comentarios fuera de lugar que indicaban de un modo u otro desconfianza hacia mí. Si volvía de mal humor del trabajo y yo le iba con una broma, le buscaba una interpretación negativa que poder echarme en cara a continuación. Hasta que me harté de su actitud cuando, una vez más, representó el papel de mártir en público, delante de sus amigos. Yo me negué a seguir siendo la mala, la que no lo trataba como se merecía. Le dije que me pasaría al día siguiente a recoger mis cosas, y me fui a dormir a un hotel. Cuando regresé al piso durante su horario de trabajo, me encontré con que había pedido el día libre y me estaba esperando. Nada más cerrar la puerta de entrada, él encendió el reproductor de CD. Empezaron a sonar las primeras notas de esta canción que yo apenas había escuchado antes. Entré en el salón, sorprendida por la música, y me lo encontré allí, mirándome fijamente, muy… ¿asustado? No dijo nada en todo el tiempo que sonó la melodía, simplemente se acercó a mí, despacio. Yo me quedé inmóvil, expectante. Esperaba que él dijera algo. Comprendí que ya lo estaba haciendo, y escuché detenidamente la letra de la canción. Llegó hasta mí y cogió mi cara entre sus manos. Me acariciaba las mejillas dulcemente con sus pulgares. Cuando terminó la canción, al fin habló.

– Eres la mujer de mi vida. Por favor, no te vayas.

No podía responder a aquellas palabras. Una lágrima se deslizó por una de mis mejillas, y él la limpió con su pulgar, besándome a continuación. Fue el beso más dulce que me había dado nunca.

– Te quiero –continuó-. Tienes que entenderlo. Por favor, sé que a veces meto la pata. Ignórame cuando estoy así, o, si quieres, hazme una señal para que sepa que te estoy molestando de veras, y te juro que pararé. Será como una palabra de seguridad para mantener a salvo nuestra relación.
– Yo…

Seguía sin poder articular palabra. Antes lo tenía claro, pensaba que aquel era el fin de lo nuestro. Yo sabía que no iba a consentirle más faltas de respeto ni más desconfianzas, y menos en público, pero me estaba haciendo dudar. Me pareció que tal vez era posible alcanzar ese término medio.

Estaba en un mar de dudas cuando él hizo justamente lo que tenía que hacer: ayudarme a dejar de pensar, a dejar de dudar.

Me cogió en volandas y me llevó a la cama. Me tiró sobre ella y se tumbó sobre mí, dejando de lado la delicadeza con la que me había tratado previamente. Me besó y usó sus manos para aferrarse a mi cuerpo con pasión, con necesidad de mí. Su miembro empezaba a clavarse sobre mi sexo, a punto de desgarrar la ropa y el enfado que nos separaba. Yo le respondía con las mismas ansias. Le quería más que a nadie que hubiese conocido antes. Empezaba a comprender que, si no estaba ya enamorada, me faltaría muy poco para saber por fin lo que se sentía al estarlo.

Nos urgía tanto unirnos físicamente que no nos molestamos en desnudarnos. Él coló su mano bajo mi vestido y retiró mis bragas lo justo para tener acceso directo a mi vagina. Se desabrochó los pantalones rápidamente y me penetró con fuerza. Gritamos al unísono. Después de aquello, nada podría separarnos. O eso creía yo.

No hubo preliminares ni nos preocupamos el uno por el placer del otro. Aquello, en realidad, no era cosa de dos; era una forma egoísta de dar rienda suelta a nuestros deseos: yo quería que él se corriera dentro de mí y él quería sentirme mientras me corría. Bendito egoísmo el nuestro.

De repente, se apartó. La visión de su pene erecto, mojado de arriba a abajo por mis fluidos, me tenía hechizada. No podía apartar mi mirada. Mientras tanto, él me iba quitando la ropa, si es que se le puede llamar “quitar”. Primero se deshizo de las bragas, que era lo que más nos estorbaba. Acto seguido, desgarró mi vestido por la mitad, sin contemplaciones, y le dio un fuerte tirón a los tirantes y las copas del sujetador para que este quedase a medio camino del ombligo, dejándome los pechos al aire. Por su parte, se quitó la camiseta y se bajó más los pantalones. Entonces volvió a metérmela.

Sus embestidas eran duras por la desesperación por poseerme, y mis músculos se iban contrayendo en torno a su verga por la desesperación por retenerle. Yo me acercaba al orgasmo, así que decidí apretar un poquito más voluntariamente, intentando saborear cada centímetro de su ser que estaba dentro de mí. Él sabía que me faltaba poco. Podía leer mi placer en cada poro de mi piel. En eso, yo no podía engañarle. Ser consciente de ello le excitaba todavía más, porque ver mi placer lo convertía en algo solamente suyo.

Llevó una de sus manos a mi cuello, sujetándome por la mandíbula. Yo levanté el mentón y le sujeté por el antebrazo. Él sabía que no me gustaba que me cogiera así. Sin embargo, estaba enfadado porque había estado a punto de perderme, y aquella era su forma de recordarme que no estaba dispuesto a soltarme.

– Córrete para mí –me susurró al oído-. Vamos, nena. Eres mía. –Una especie de microcontracciones de mis músculos vaginales anunciaron que la gran ola estaba a punto de llegar-. Eres mía…

Me corrí salvajemente, y, acto seguido, se corrió él mientras mi orgasmo aún no se había calmado, reactivándolo y alargándolo un poco más. Me soltó y apoyó sus manos a cada lado de mi cabeza para incorporarse ligeramente sobre mí sin salir de mi interior, arqueando la espalda levemente hacia atrás y levantando la cabeza hacia arriba. De esta forma, me embistió tres veces más, más duro, más adentro. Yo le rodeé con piernas y brazos y llevé mi pelvis en su busca para ayudarlo. Gritamos juntos cada una de las tres veces.

Después, me quedé totalmente inmóvil sobre la cama, completamente laxa. Él me miró fijamente a los ojos unos segundos y luego salió de mí, quedándose arrodillado. Me estaba contemplando. Y yo me dejaba contemplar.

Cuando me estaba mirando el sexo, hice un poco de fuerza para que saliera la mezcla de nuestros fluidos. En ese momento fue en busca de mis ojos, encontrándose con una sonrisa en mi cara que me devolvió de inmediato. Volvió a tumbarse sobre mí y me besó. Nos deleitamos con nuestros besos como si llevásemos años sin vernos por alguna absurda imposición externa ajena a nuestra voluntad. Después de un rato, le tiré del pelo a fin de que se apartara. Me miró extrañado.

– Eres mío –le dije.

Lo miré profundamente al decirle aquellas palabras. Quería que le quedase claro que iba en serio.

– Si tú eres mía y yo soy tuyo… ¿somos nuestros?

Me sonrió alegremente. Me hizo reír.

– Sí, somos nuestros –le respondí.
– ¿Usamos eso como palabras de seguridad? ¿Somos nuestros?
– Vale.

Aquel día quedó atrás hace mucho. Me quité los cascos. Ya había empezado a sonar la siguiente melodía.

«Somos nuestros», pensé. Quería decírselo; quería gritarlo. Pero no lo hice. Ya no había palabras de seguridad que sirviesen.

Apagué el portátil y luego la luz. Me acosté con una lágrima a punto de rebosar.

«Ni una más», me recordé.

«Somos nuestros»… Era él quien debería haber dicho aquellas palabras, no yo.

III

Al día siguiente se fue a trabajar, como siempre. A mí aquella sorpresita me había pillado de vacaciones. Muy considerado por su parte. Al menos no tenía que cruzármelo en el baño o en la cocina cada mañana. Me limitaba a esperar a que saliera por la puerta antes de levantarme.

En mi vida habría pensado que podría llegar a echar tantísimo de menos a mis amigos y a mis sobrinos. Me había costado mucho dar el paso de abandonar mi ciudad natal e irme a vivir con él tan lejos; no se puede decir que me resultase fácil, aunque Álvaro me arropó como nunca nadie lo había hecho y me ayudó a sobrellevarlo. En cierto modo, la alegría de estar junto al supuesto amor de mi vida ocultó la tristeza de lo que había dejado atrás. Hasta entonces. De repente me había quedado sin manta que tapara ese enorme vacío.

Desgraciadamente, no soy adivina. Además, sabía que si no me hubiese lanzado, me habría arrepentido de por vida por eso de “lo que podría haber sido”. Se trataba de empezar a vivir juntos o cortar de raíz; fue muy complicado tomar una decisión. Cuando nos conocimos, éramos demasiado mayorcitos como para alargar indefinidamente nuestra relación platónica a distancia. En cualquier caso, la lejanía sólo es llevadera si no queda más remedio, y mis ataduras a mi antiguo hogar eran prácticamente psicológicas, dado que mi primer trabajo, por las circunstancias, no contaba como impedimento. Por tanto, no existía razón alguna que no me permitiese dar ese gran paso en cuanto lo tuvimos claro. Llegó un punto en el que tocó demostrarnos que estábamos dispuestos a luchar por aquella relación, y lo hicimos: yo lo dejé todo por amor y él, a cambio, me amó.

En aquel preciso momento, me habría marchado de vuelta por el mismo camino por el que había llegado de no haber sido porque mi nuevo trabajo sí suponía una atadura que no me convenía ni quería soltar. Me tocaba pasarlo mal sin mi gente cerca. Y estaba visto que con los amigos comunes no podía contar.

Tras malgastar media mañana frente al televisor compadeciéndome de mí misma, volví a buscar un apartamento de alquiler en internet. Era viernes, y el lunes él se quedaría oficialmente de vacaciones también, lo que significaba que, en realidad, ese era su último día de trabajo. “Antes de” habíamos logrado organizarnos de modo que coincidiríamos en la segunda quincena del mes. La idea era marcharnos a alguna parte. Por suerte, no habíamos reservado ningún viaje ni nada. Pensaba que, si lo hubiésemos hecho, le habría obligado a que la otra me pagara mi parte. Así podrían haberse largado juntitos y yo me habría quedado sola preparando mi salida de aquella casa. Bien mirado, me pareció una putada eso de tener que aguantarlo todo el tiempo pululando por allí. Yo creía que aprovecharía la confesión para pasar más tiempo con ella sin necesidad de disimular, pero llegué a la conclusión de que era una mujer muy ocupada, puesto que apenas pasaban juntos dos o tres tardes a la semana. El resto del tiempo talmente parecía que él no tenía nada mejor que hacer que cruzarse en mi camino.

Decidí que el lunes visitaría las agencias de la zona también. Así tendría un motivo para pasar más tiempo fuera de esa jaula, lejos de su presencia. Y para el fin de semana ya me había buscado una excusa: iba a salir de juerga yo solita. Empezando por aquella misma noche.

Se me pasó el tiempo volando entre fotos de apartamentos. Al final di con uno realmente interesante y a buen precio. Pedí cita para verlo en persona el lunes. Aquella tontería me puso de buen humor. Era como descubrir algo de luz en mitad de la oscuridad.

Cuando quise darme cuenta, había llegado la hora de arreglarme.

Iba a consentirme por todo lo alto: cenorra en mi restaurante favorito y a bailar toda la noche. Jamás me habría planteado un plan así yo sola, ni loca, y, sin embargo, aquel día no veía la hora de salir por la puerta.

Tras ducharme, me sequé y alisé el pelo. Hacía tanto de la última vez que me vi así que supongo que por eso mismo quedé tan satisfecha con el resultado.

Sabía que él estaba a punto de llegar, de modo que me apresuré a escoger la ropa. Había dejado la mayor parte en el armario de su habitación por comodidad.

Estuve dudando hasta el último minuto, pero me decanté por mi vestido negro favorito, el de tirantes trenzados, ceñido hasta la cintura y con falda de vuelo hasta la rodilla. Es bastante discreto, aunque con el fino cinturón rojo que ato con dos vueltas queda más glamouroso. Siempre que me lo pongo me maquillo igual: maquillaje natural con la raya del eye-liner lo más fina posible y los labios a juego con el cinturón, de tono rojo chillón. Eso no me lleva mucho tiempo, conque pude regresar a su habitación y contemplarme en el espejo de cuerpo entero antes de que apareciera.

Respecto al calzado, estaba entre dos tipos de zapatos, y al final seleccioné mis sandalias más elegantes, las negras de supertaconazo y un pequeño suplemento delante. Si en algún momento tuve al angelito de mi conciencia en un hombro y al demonio en el otro, fue entonces. El angelito me decía que no soportaría mucho tiempo aquellos tacones tan altos, y el demonio hizo una representación de la cara que pondría Álvaro al verme. He de reconocer que esa era una de mis principales motivaciones para querer salir aquella noche: restregarle lo que se estaba perdiendo. Nunca le había preguntado por la otra, pero me había hecho a la idea de que no sería mucho más guapa que yo, que una cuando se pone…

Me sentía muy bien frente a mi reflejo, y, sin embargo, tenía la impresión de que me faltaba algo. Era como si una alarma en mi cabeza intentara recordarme no sabía el qué. Me miraba y me remiraba en el espejo, dándole vueltas a cómo conseguir un resultado inmejorable. Se me ocurrió pintarme las uñas de manos y pies de rojo también. Pero lo dejaría para más tarde, que aquello me llevaría un tiempo entre que me arreglaba las cutículas y se secaba el esmalte. Siempre que lo hacía con prisas terminaba de los nervios porque se me estropeaba en el último momento alguna uña, y acababa tirando de quitaesmaltes y saliendo al natural. La verdad es que apenas me las pintaba por eso. De repente, pensando en lo que no solía hacer, caí en la cuenta: debería haber empezado a arreglarme desde dentro, no sólo por fuera. Me había puesto uno de los conjuntos básicos de ropa interior que usaba a diario sin ni siquiera pensarlo. De inmediato, me fui directa a por la lencería picante. La verdad es que me veía con ganas de… cómo decirlo finamente… vamos, que quería follar con otro. Por despecho y por necesidad.

Menuda sorpresa me llevé al abrir el cajón de la ropa interior para ocasiones especiales. Hacía siglos que no lo abría. Supongo que por eso Álvaro había escondido allí sus regalitos “para” y “de” la otra.

Les eché un vistazo. Él le había comprado a ella juguetes sexuales: un consolador con estimulador del clítoris incorporado con forma de conejito, unas ataduras y venda a juego de seda, una bala vibradora con mando a distancia, unas bolas chinas… Todo estaba aún en su embalaje original. Ella, por su parte, le había regalado a él la trilogía de “Cincuenta sombras de Grey”. Iba por el segundo libro, lo que comprobé al ver el marcador de páginas situado hacia el final. Estaba segura de que se los había regalado ella a él porque Álvaro jamás habría comprado unos libros así por las buenas. De hecho, una amiga mía me los había dejado en su día y yo le había hablado de ellos, comentándole que no me estaba gustando la historia en sí pero que tenía escenas de sexo muy buenas, y él no había mostrado el más mínimo interés por saber más. Me jodió especialmente que entonces sí mostrase interés sólo porque ella le hubiese dado esos libros.

Enfadada, cogí el conjunto de sujetador y tanga en el que había pensado al abrir el cajón. Y la bala vibradora.

Cuando Álvaro llegó, yo aún estaba en el cuarto en ropa interior, probando el invento. Al escuchar la puerta de entrada, detuve la vibración y me apresuré a guardar el mando en el bolso que llevaría aquella noche. Después, escondí el envoltorio del regalo robado bajo la cama, pero no me dio tiempo a ponerme el vestido de nuevo, de forma que me pilló medio desnuda. Y con los taconazos puestos, lo que sé que le daba más morbo todavía.

Me quedé tan parada cuando entró en la habitación que ni acerté a cubrirme. No reaccioné hasta que vi su cara de enfado. Entonces intenté taparme con las manos, creyendo que estaba molesto por pensar que lo estaba haciendo aposta para tentarle. Me sentí muy avergonzada. No fui capaz de aguantarle la mirada.

– Yo te regalé ese conjunto –sonaba tan cabreado como parecía. No me atreví a contestar nada-. ¿Vas a salir con él puesto?
– Eh… Yo… Sí. –No acababa de comprender cuál era el problema.
– ¿Con quién has quedado?
– Con nadie. Yo sólo… había pensado ir a cenar y salir por ahí.

Seguía con la sensación de que me estaba regañando. Yo temía que se diese cuenta de un momento a otro de que llevaba la bala vibradora que le había comprado a su nueva novia, y esperaba una bronca por ello, pero no terminaba de cuadrarme que el conjunto que sí me pertenecía fuese un problema en aquella ecuación.

– ¿Vas a salir tú sola? –El cabreo dio paso a la sorpresa.
– Sí.

Me atreví a levantar la vista. Incluso empecé a desafiarle con mi mirada. Él me miró de arriba a abajo, con cierto desprecio.

– Déjame adivinar, ¿vas a follarte al primero que se te ponga a tiro?
– ¡Vete a la mierda!

Cogí el vestido y me dispuse a ponérmelo, pero él se acercó rápidamente y me lo quitó de las manos.

– Yo te regalé ese conjunto, y por mí nunca te tomaste la molestia de ponértelo, así que no dejaré que otro lo disfrute. Quítatelo ahora mismo.
– ¿Qué? ¡Ni lo sueñes! ¡Es mío y haré con él lo que me parezca!

No me dio tiempo a más. Me tiró en la cama y se abalanzó sobre mí.

Yo intenté quitármelo de encima, pero me sujetó las manos sobre la cabeza y esperó a que dejara de revolverme. No tenía sentido alargar el momento. Él era mucho más fuerte que yo.

– ¡Cabrón!

Me rendí, muy a mi pesar. Él empezó a sonreír y se apoyó más sobre mí. Enseguida comprendí por qué: quería que notase su erección.

IV

Tenía su rostro a unos centímetros del mío. Nos mirábamos fijamente, sin pestañear.

Conocía perfectamente el mensaje de sus ojos, un mensaje cargado de deseo, el cual había visto cientos de veces anteriormente. Yo era consciente de que quería besarme. También de que aguardaba mi reacción. No se mostraba temeroso por mi posible enfado, sino más bien divertido. Eso me cabreó todavía más.

Se me pasaron varias ideas por la cabeza. He de reconocer que una de ellas consistía en darle un cabezazo, pero, por suerte, no soy tan impulsiva. Se trató más de una fantasía que de una valoración. La imagen recurrente que me rondaba era morderle, atrapar entre mis dientes esos labios que anhelaba tanto como odiaba: los anhelaba por su forma tentadora, tan carnosos y suaves, y los odiaba por la sonrisa traviesa que lucían en aquellos instantes.

Como siempre, él adivinó lo que yo estaba pensando. Se le daba muy bien interpretar mi lenguaje corporal. Me observaba mientras mi mirada enfocaba mi posible objetivo acompañada de una evidente cara de enfado, y no necesitó más señales. Se lanzó a por mi boca, consciente de lo que vendría a continuación.

En cuanto se acercó, apresé su labio inferior y apreté con fuerza. Sin embargo, mi subconsciente me traicionó, de modo que aumenté la presión lo suficientemente despacio como para no desgarrarle la carne. Me costó frenar el aumento de presión a tiempo. Le estaba haciendo mucho daño, a pesar de no haberle producido una herida. Un breve gruñido lastimero hizo que me apiadara de él.

Fui soltando poco a poco. Al notarlo, él se zafó de mis dientes y rozó mis labios con los suyos. Acto seguido, restregó lentamente y con firmeza su erección contra mi sexo. De este modo, estaba frotando todos mis labios casi a la vez. Aquello provocó que yo gimiera, abriendo la boca lo bastante para que su lengua la invadiera por fin. Era lo que estaba buscando desde el principio. El mordisco se trataba del precio que debía pagar antes de poder besarme aprovechando la distracción que me produjo la sensación de la dureza de su pene contra mi vulva.

A continuación, retiró un poco la cara con objeto de verme bien mientras continuaba simulando la penetración con la ropa puesta. Ya había conquistado mi boca. Y lo que me transmitía con su mirada y sus movimientos era cuál sería la siguiente conquista.

Apenas había tenido la bala vibradora en funcionamiento unos pocos segundos antes de que regresara del trabajo, pero había bastado para dejarme receptiva a cada una de sus embestidas.

Intenté contenerme; no quería disfrutar con él nunca más. Por desgracia, no podía evitarlo, y él era muy consciente de que no dejaba de ganar terreno. Su sonrisa ladeada repleta de autosatisfacción me lo restregaba.

Me removí, enfadada conmigo misma por mi debilidad. Como castigo por mi rebeldía, hizo más fuertes sus embestidas, anticipándome el sexo duro al que ambos sabíamos que me sometería de un momento a otro. Después de todo, nuestro sexo de reconciliación ya era fuerte de por sí, así que el sexo de ruptura no podía ser menos.

Lo que él no sabía todavía, es que yo llevaba dentro la bala vibradora, y cada golpe de pelvis acentuaba las sensaciones en mi interior como si de verdad me estuviese follando. Si el aparato hubiese estado vibrando, a aquellas alturas ya habría tenido varios orgasmos seguidos.

Mis gemidos se hicieron más incontrolables, señal inequívoca para él de que me tenía a punto de explotar. Emocionado, se apresuró a meter la mano bajo la cinturilla del tanga con idea de penetrarme con sus dedos. Se encontró con que estaba especialmente mojada, y también con la cuerda de la bala. Me miró extrañado.

Se incorporó y me quitó rápidamente el tanga, obligándome luego a abrir las piernas para ver bien qué era aquello. Me sentí tan humillada como excitada por la situación. Quería que terminara de desvelar mi travesura. Tiró del cordón y sacó el aparato de mi interior. Tardó unos segundos en comprenderlo. Entonces ahogó una carcajada.

– Veo que el conjunto de ropa interior no ha sido lo único que has rescatado del cajón esta tarde.

Volvió a introducirme el juguete, que resbaló con fluidez, perdiéndose de nuevo en mi interior. Sin la contención del tanga, mis fluidos ya caían libremente hacia la cama, mojándolo todo a su paso. Él empezó a jugar con ellos, lubricándome el clítoris y todo mi sexo.

– ¿Dónde has puesto el mando? –Su voz se acompasaba a mis jadeos a medida que aumentaban los suyos-. ¡Contesta!

Se llevó la mano libre al paquete. Con la otra torturaba mi clítoris con moderación para no dejarme ir todavía. Estaba realmente cachondo.

Yo cerré los ojos y me concentré en mi propio placer, desconectando de todo lo demás. No estoy segura de si no quise contestarle o si simplemente no pude.

Se detuvo y yo abrí los ojos otra vez. Ansiaba que retomara el contacto con mi clítoris, aunque sabía de sobra que no lo haría porque no quería que me corriera todavía. Me acaricié yo misma, pero enseguida me retiró las manos.

– Todavía no, preciosa. Lo haremos a mi manera. ¿Dónde está el mando?

Miré instintivamente el bolso que yacía al lado de la almohada. Él sonrió y alargó el brazo para cogerlo. Sacó el mando de su interior y desechó el resto arrojándolo al suelo. Yo me tensé, creyendo que iba a accionarlo de un momento a otro. En cambio, lo posó sobre la cama, a su alcance, y primero se quitó toda la ropa. Por último, me retiró a mí el sujetador. Le ayudé arqueándome sobre el colchón.

Al final, lo único que yo llevaba puesto eran los zapatos. Álvaro acarició mis piernas hasta llegar a su altura, por lo que creí que iba a quitármelos, pero debió de pensárselo mejor en el último momento, puesto que me acarició el empeine, mirándome traviesamente, y después, simplemente desanduvo el camino hacia mis muslos, abriéndolos más a su paso. De repente, me agarró por las piernas y me giró en la cama hasta que quedé con los pies hacia el cabecero, arrodillándose él entre mis piernas. Poco a poco, se acomodó hasta situar su cabeza delante de mi sexo, quedando recostado en la cama un tanto retorcido.

Me miró lascivamente y empezó a besarme la cara interna de los muslos, subiendo muy despacio, sin perder el contacto visual. Quería ver la impaciencia reflejada en mi cara. Justo cuando iba a besarme el clítoris, accionó el mando a distancia de la baja vibradora, el cual había vuelto a coger sin que me diera cuenta. La sorpresa pudo conmigo y me dejé ir mientras su boca y la bala estimulaban mis dos mayores puntos erógenos al mismo tiempo.

Normalmente, mi reacción natural en estos casos es intentar cerrar las piernas para evitar que continúe el contacto. Es una especie de necesidad de dejar que el orgasmo se apacigüe solo rápidamente, como si su punto álgido fuese tan intenso que no lo pudiese soportar mucho tiempo. Álvaro me conocía perfectamente, y no dejó que cerrara las piernas. Hizo fuerza apoyándose sobre mis muslos sin soltar el mando, pasando la vibración a una intensidad mayor y realizando círculos con la lengua sobre mi clítoris vorazmente. Tardé unos segundos en darme cuenta de que estaba gritando descontroladamente. Y tardé aún más en ser consciente de que me agitaba sobre la cama como una posesa, agarrada a los barrotes situados a los pies del colchón. De hecho, Álvaro apenas podía contenerme.

No sé muy bien qué sucedió después. Cuando abrí los ojos, unos segundos más tarde, él ya no me estaba sujetando. Estaba arrodillado ante mí, contemplándome y acariciándome suavemente por todo el cuerpo. Yo estaba completamente abierta de piernas. Ya no quería cerrarlas, y así me quedé, totalmente expuesta para él, quien disfrutaba jugando conmigo, aguardando empalmado a que me repusiera.

Observé su tremenda erección. Me sorprendió su paciencia a pesar de que, claramente, su polla estaba a punto de estallar. Saqué fuerzas de algún lado y me arrodillé frente a él. Entonces le empujé levemente el pecho, siendo más una indicación que otra cosa. Lo entendió perfectamente, tumbándose boca arriba. No le hice esperar demasiado. Me llevé su pene directamente a la boca sin esperar a terminar de encontrar la postura. Mi intención era quedarme con el culo en pompa y las piernas abiertas, pero Álvaro tenía otra idea en mente.

– Cierra las piernas –me dijo.

Iba a incorporarme para hablar, pero él no me lo permitió. Me sujetó por la nuca y me la metió hasta la garganta. Guió el movimiento de mi cabeza marcándome el ritmo que necesitaba.

– Vamos, cierra las piernas –insistió.

Yo estaba más pendiente de acoplar mis movimientos a su pauta de forma que no llegara a sentir arcadas que de obedecerle, por lo que me lo tomé con calma y fui cogiendo la postura poco a poco. Por fin, me soltó y me dejó hacer en cuanto tuve las piernas completamente cerradas, con el trasero bien arriba. Lo primero que hice entonces fue poner mi mano rodeando su base para que no pudiese volver a metérmela hasta la garganta. Me ayudé con ella y la fui arrastrando arriba y abajo mientras se la chupaba.

Pronto descubrí que lo de que yo cerrara las piernas era porque quería poner en funcionamiento de nuevo la bala. Una vez más, me exigía justo lo contrario a lo que mi instinto me pedía. Separé un poco las piernas, ya que durante la estimulación previa al orgasmo tanto de clítoris como de punto G me gusta tenerlas abiertas, pero él, atento a mis respuestas, me lo prohibió de inmediato.

– ¡Cierra las piernas! ¡Como vuelvas a abrirlas antes de que te lo permita te juro que te haré todo lo que no te gusta, empezando por correrme en tu boca!

Me estaba sujetando de nuevo por la nuca, reafirmando sus palabras al intentar llevar su pene lo más adentro posible a pesar de mi mano. Sin pensarlo siquiera, volví a apretar mis muslos, sobreexcitada por su tono autoritario.

Él aumentó la intensidad de vibración del juguete, provocando no sé si voluntaria o involuntariamente que yo aumentara a su vez el ritmo de la felación. Cuando creía que ya no podría subir más la intensidad, me encontraba con que todavía había otro nivel superior que poder accionar desde el mando a distancia.

Perdí el control de mis actos entre la estimulación interna que me provocaba aquel aparato y la presión que mis muslos ejercían sobre mi clítoris, todo lo cual yo me encargaba de potenciar con golpes incoherentes de cadera al aire. En un momento dado, me encontré a mí misma masturbándole frenéticamente con la mirada clavada en la suya, la cabeza ladeada y mi boca abierta y la lengua afuera aguardando su esperma. Fue instantes antes de que él se corriera. Al darme cuenta de lo que iba a suceder, puesto que yo también conocía muy bien su lenguaje corporal, introduje de nuevo su pene en la boca. Por no dejar que se corriera  en mi cara, había preferido tragármelo en vez de apartarme, que era lo que hacía siempre, sorprendiéndome a mí misma de mi comportamiento. Y a él le encantó aquello. Ni siquiera sé muy bien por qué lo hice. A día de hoy, pienso que fue porque Álvaro lo había mencionado, y yo estaba tan enfadada con él que reaccioné como si nada de aquello fuese por voluntad propia. Supongo que por eso accedí a todos sus deseos, explícitos o no.

Mi desconcierto por lo que acababa de hacer sin que pudiera explicármelo ni yo misma, provocó que me bajara momentáneamente la libido. Me había incorporado frente a él y estaba con el dorso de la mano tapándome la boca, desubicada. No eché de menos estar al borde del orgasmo y la vibración de la bala hasta que él la apagó.

Rápidamente, con una amplia sonrisa victoriosa iluminando su cara, se situó a mi lado y me tiró bruscamente boca abajo sobre el colchón. Me abrió las piernas y se colocó en medio, impidiéndome cerrarlas, y de un firme tirón me sacó la bala vibradora, que salió sin ninguna dificultad. Entonces se tumbó sobre mí.

– No te preocupes, dentro de un rato te meteré algo mejor –me susurró al oído-. Espero que estés preparada para follar duro.

Tras decir esas palabras, me mordió levemente la base del cuello, el trapecio.

Se levantó y se dirigió al armario. Escuché cómo abría uno de los cajones y hurgaba en él sin que yo fuese capaz de reaccionar ni para levantar la cabeza. Seguía tumbada boca abajo, con la mirada perdida. Recuerdo haber querido mirarle con idea de ver qué hacía, aunque no llegué a hacerlo. Estaba ida.

Se acercó nuevamente y, con más soltura de la que me esperaba en él, me ató las muñecas con una gasa negra de seda, la que había visto antes entre los juguetes de “la otra”. Luego me ató a su vez a uno de los barrotes del cabecero de la cama con la tela sobrante. Después, me tapó los ojos con la venda a juego.

Regresó al cajón. En esta ocasión intenté agudizar mi oído todo lo posible y centrarme en lo que él estaba haciendo, pero apenas llegué a intuirlo. Lo único que supe a ciencia cierta fue que se estaba acercando.

V

Llegó hasta mí y sentí cómo me colocaba unas correas de velcro alrededor de los tobillos. Creí que me estaba atando a los barrotes situados a los pies del colchón. No me di cuenta de que lo que me había atado era una barra rígida extensible ideada para forzar la apertura de las piernas hasta que la desplegó al máximo. Me resultaba imposible cerrarlas, y como efecto rebote, me salió poner el culo ligeramente en pompa apoyándome sobre las rodillas, buscando de esta forma algo de comodidad. Él dio buena cuenta de ello dándome una fuerte palmada en una de mis nalgas. Más que daño por el golpe en sí, me causó impresión escuchar su sonido y sentir aquel intenso ardor en una zona tan localizada de mi anatomía, como si me hubiese marcado con un hierro al rojo vivo.

El efecto me duró bastante, pero, por si no hubiese tenido suficiente, cogió la barra con la que me había inmovilizado y la arrastró hacia delante mientras me levantaba el culo, de modo que me dejó hecha un ovillo, y justo al terminar de ponerme en esa postura, me dio una palmada igual de fuerte en la otra nalga. Luego me masajeó suavemente las zonas afectadas durante unos segundos para pasar después a masajearme toda la vulva. Me daban miedo sus intenciones, y efectivamente, llegó una suave palmada que me hizo gemir y sacudirme a causa de mi preocupación por la delicadeza del nuevo objeto de su sadismo, no porque provocara un daño real.

Repitió el proceso varias veces. A pesar de lo tensa que estaba debido al nerviosismo que me causaba no saber si la siguiente palmada sería más fuerte que la anterior, fui notando poco a poco cómo el efecto combinado de masaje más ligera palmada me dejaba la vulva hipersensible, lo que significaba que estaba especialmente mojada. A ello ayudó también su deseo irrefrenable de practicarme sexo oral entre medias.

Apoyé la frente sobre el colchón y me relajé, confiando plenamente en él. Me quedó claro que no quería hacerme daño.

Después de unos segundos divinamente agónicos, se acercó una vez más al cajón de los juguetes. Le llevó un tiempo abrir el envoltorio de lo que se traía entre manos, dejándome impaciente por obtener nuevas caricias, o palmadas, o sexo oral, o lo que fuera que le pasase por la cabeza, lo cual no tardé en averiguar.

Había decidido estrenar conmigo el consolador con estimulador del clítoris incorporado. Recordaba que su aspecto me había parecido ridículo, como si de un estrambótico objeto sacado de una película futurista de serie B de los años 60 se tratase. En cambio, su efecto no me pareció tan ridículo. Al contrario. Su efectividad me quedó totalmente demostrada. Me provocó con él un mínimo de tres orgasmos casi seguidos. Sobre la marcha me parecieron una tortura, puesto que siempre me había considerado monorgásmica, y como tal nos habíamos comportado hasta entonces en la cama, así que se podría decir que no estaba acostumbrada a tanto placer, y aquello me podía. He hablado de orgasmos, pero podría haber mencionado el mismo número de pérdidas momentáneas del conocimiento, aunque, obviamente, me resultó imposible llevar la cuenta entre una cosa y otra.

A ratos me descubría dando botes o identificando en mi propia voz gritos que primero ni oía, y luego ni sabía de dónde provenían, como antes de que me atara a la cama. Supongo que es el proceso que atraviesa toda mujer que originariamente se conformaba con un único orgasmo: esa es la cantidad exacta de explosiones de placer que podemos dominar; todas las demás que se produzcan a continuación se escapan por completo a nuestro control y no podemos hacer otra cosa que verlas desde fuera cuando nos descubrimos en actitudes de las que no éramos conscientes. Os aseguro que la mujer que tras alcanzar el orgasmo no se sienta a gusto continuando con la penetración, caricias, sexo oral, etc, y hasta le cause molestia, es porque psicológicamente se resiste a dejarse llevar por el verdadero placer, ese que se apodera de ti y te obliga a abandonarte a él por completo.

Es perturbador darte cuenta de que puedes dejarte ir hasta ese punto, o que puedes llegar a desmayarte de placer. Bueno, es perturbador en sentido bueno y malo, porque tampoco es que te moleste precisamente perder así el control de tu cuerpo.

Estas nuevas sensaciones maximizadas separaron mi recuerdo lineal de los hechos en pequeñas islas. Es decir, a partir de mis primeros multiorgasmos (sí, he dicho primeros), recuerdo vagamente el uso que Álvaro hizo del consolador; recuerdo más sexo oral, por ambas partes; recuerdo que me penetró valiéndose de alguna especie de consolador que usó al mismo tiempo que me introducía él su pene, pero creo que no le gustó porque estoy bastante segura de que esto duró poco; recuerdo también la sensación de frío del lubricante al caer sobre el ano; recuerdo el sexo anal a continuación, primero con algún pequeño objeto que utilizó para dilatarme, y luego siendo él mismo quien me penetró con condón, a diferencia del resto de veces aquella noche; y, para finalizar, recuerdo que me tenía cabalgando sobre él, libre de toda atadura y de la venda de los ojos, porque recuerdo perfectamente cómo me tiró sobre el colchón y me inmovilizó las muñecas sobre mi cabeza mientras me propinaba unas últimas embestidas salvajes al correrse dentro de mí por última vez. Recuerdo su cara al hacerlo. Era el Álvaro más deshumanizado que había visto nunca. Aquello fue sexo animal puro y duro.

Se tumbó a mi lado y nos dormimos. No sé cuánto tiempo. Me desperté con algo de frío. Vi que seguíamos tal cual, atravesados a lo ancho. Me levanté, dolorida por tanto esfuerzo físico, y tiré de las sábanas para meterme debajo. Álvaro se despertó y me acompañó dentro de la cama. Me abrazó por detrás y nos dormimos de nuevo, en la postura de la cucharilla. Hacía tanto de la última vez… Fue muy agradable.

Me desperté a la mañana siguiente, esta vez a causa del hambre. Con el cambio de planes, no había llegado a cenar.

Él aún dormía. Lo observé unos segundos. No pude contenerme y lo acaricié con cariño. La excusa fue colocarle un mechón de pelo revoltoso. Después, terminé besándole castamente en los labios. Así fue como lo desperté.

Nos miramos a los ojos sin hablar, aunque transmitiendo todo lo que pensábamos. Todavía nos queríamos.

– Tenemos que hablar –me dijo él.

Desde el momento en que me besó la noche anterior, supe que era cuestión de tiempo sentarnos a hablar. Estaba claro que teníamos algo pendiente. Pero primero tenía que reponer fuerzas.

– Necesito comer algo primero.

Me acompañó en el desayuno. En esta ocasión el silencio entre nosotros no fue incómodo. Era la pausa antes de una charla que deseábamos, no la forma de evitar una discusión.

VI

Terminé de desayunar antes que él y aguardé, observándole fijamente. Empecé a pensar cómo sacar el tema de su infidelidad. Aunque me había quedado claro que Álvaro no daba por finalizada nuestra relación y que aún sentía algo muy fuerte por mí, en aquellos momentos le daba vueltas a lo difícil que sería limar asperezas en ese sentido.

Recogió la mesa y dejó los cacharros sucios en el fregadero. Allí se dio la vuelta y me miró, muy serio. Creo que él tampoco encontraba las palabras para empezar la conversación. Regresó a la mesa y volvió a sentarse frente a mí. Todavía permanecimos en silencio unos segundos más, aguantándonos la mirada.

– ¿Me quieres? –me preguntó.
– Claro que te quiero. ¿Tú me quieres a mí?
– Sí, aunque me he sentido muy decepcionado contigo.
– ¿Qué? ¿De qué coño estás hablando? ¿Me pones los cuernos y encima vienes de ofendido?

Me pareció el colmo. Estaba anonadada. Iniciamos una subida encadenada del tono de voz.

– ¿Cuernos? ¿Se puede saber de qué hablas?
– ¿Que de qué hablo? ¡Me dijiste que habías conocido a alguien y que lo nuestro se había terminado!
– ¿Qué? ¡No! ¡No me refería a eso! ¡Te dije que había conocido a alguien que me había ayudado a replantearme lo nuestro y que me había hecho ver que no quería seguir contigo! ¡Me refería a un puto terapeuta sexual! ¡Ni siquiera es una mujer, joder!

Aquello me dejó fuera de combate. Se bloquearon todas mis conexiones cerebrales y tuve que reorganizar mis sentimientos sobre nuestra separación partiendo de cero, estableciendo nuevas conexiones. Había basado mi dolor en algo que acababa de descubrir que no era cierto, y aunque me sentí ciertamente muy estúpida, en parte le seguía echando la culpa a él por acudir a un terapeuta sexual en vez de hablar antes conmigo de los problemas de nuestra relación cara a cara.

– ¿No te diste cuenta de que yo no te había entendido? –rebajé el tono del enfado a la tristeza.
– No, yo… Creí que te daba igual que yo no quisiese seguir contigo. Por eso estaba tan dolido.
– Si no hay otra mujer, ¿para quién has comprado todas esas cosas? –señalé hacia el dormitorio-. ¿Y quién te dio los libros?
– Lo compré todo para ti. Esos juguetes y esos libros llevan meses ahí. Cada vez que añadía algo al cajón sin que descubrieras lo anterior… Me dolía mucho que mostrases tan poco interés, ¿sabes?
– ¿Cómo coño voy a saberlo? ¿Por qué no me lo dijiste directamente? ¿Te crees que soy adivina? Puede que descuidara la parte del sexo, pero tú tampoco estás libre de pecado; nunca fuiste claro conmigo.

No sé si me dio la razón o si se mordió la lengua para no seguir echándome a mí la culpa de que hubiésemos llegado a aquel extremo. Simplemente se llevó las manos a la cabeza y se calló. Tuve que romper yo el silencio.

– ¿Por eso Fer y Paula no quieren saber nada de mí? ¿Se piensan que me la suda nuestro matrimonio?

Tardó en responderme.

– Sí.

Fue otra puñalada más en el corazón.

– Pues a partir de ahora que así sea. Por mí podéis iros todos a la mierda: tú, ese jodido terapeuta sexual, Paula, Fer, y todo aquel que sepa más de mi matrimonio que yo misma. Estoy hasta los cojones de que hayas ido por ahí llorando nuestras penas en vez de afrontarlo conmigo para que le buscásemos una solución. Tal vez yo haya descuidado lo nuestro, pero no más que tú, y si no hice nada fue porque creía que a ti te valía así, igual que me valía a mí, así que si quieres buscar a un culpable de todo esto ponte delante de un espejo para empezar.

Me encaminé directa a la mesita de noche del cuarto de invitados dejando una estela de furia a mi paso. Abrí el primer cajón y saqué los papeles del divorcio que él me había entregado días atrás. Había llegado el momento de sellarlos con mi firma. Jamás había firmado nada con tanta rabia.

Álvaro me había seguido hasta mi cuarto y se dio cuenta enseguida de lo que estaba haciendo.

– Por favor, no lo hagas. Ha sido un malentendido. Aún podemos salvar lo nuestro.
– No, Álvaro. Aquí ya no hay nada que salvar. Eres un puto cobarde dispuesto a hablar con cualquiera menos con quien de verdad tienes que hablar. No es la primera vez que me dejas a mí de mala de cara a todo el mundo y no sería la última tampoco, así que no pienso darte más oportunidades. Si te gusta ir de víctima, búscate a otra que te lo consienta. Yo ya no te quiero.

Se negaba a coger los papeles que le estaba devolviendo.

– Acabas de decir que todavía me quieres. Estás enfadada, pero si lo hablamos…
– ¡No! –le interrumpí-. Ya es demasiado tarde para querer hablar, ¿es que no te das cuenta?

Tiré los papeles sobre la cama. Por encima de las bragas y de la camiseta de tirantes con que había desayunado, me puse unos vaqueros y una chaqueta de punto. Después me calcé unas princesitas y recogí el bolso que había preparado la noche anterior contando con salir de juerga. No iba muy conjuntada que digamos, pero no estaba como para preocuparme por mi estilismo.

Abandoné por fin aquella casa. Tantos miramientos intentando encontrar primero un apartamento de alquiler cuando resulta que no necesitas nada más que verdadera predisposición para romper con todo.

Tiré de hotel hasta hallar un sitio decente en el que instalarme. También me busqué un abogado. Antes me daba igual que llevara el asunto únicamente el de Álvaro. Sin ser un divorcio de mutuo acuerdo, habría dado cualquier cosa por buena si así él lo hubiese querido. Sin embargo, ya no me fiaba un pelo de que siguiera adelante. Se podría decir que se tornaron los papeles: al final era yo quien de repente deseaba mandarlo todo a la porra, y por tanto quien debía tomar las riendas del desenlace.

Llegó el día en que tuvimos que volver a vernos las caras, cada cual acompañado por sus respectivos representantes legales. Mi abogado expuso los términos del divorcio ante el silencio sepulcral de la otra parte. Creo que no se esperaban que no pidiese absolutamente nada. Al terminar, Álvaro intervino con un hilo de voz quebrada.

– Si nos disculpáis, me gustaría hablar con ella a solas. Me temo que somos muy nuestros a la hora de llegar a un acuerdo.

Me miró fijamente a los ojos al pronunciarlo. Lo hizo como siempre lo habíamos hecho en público, incluyendo las palabras de seguridad en una frase más o menos traída al caso. Su abogado le clavó una mirada incrédula. Supongo que no le entraba en la cabeza que hubiese algo que objetar, y por eso fue el más reacio a levantarse de su silla. Accedió cuando Álvaro se lo impuso con la expresión de su rostro.

Esperé a que todos salieran de la sala.

– ¿De verdad piensas que así vas a parar esto? –le solté en cuanto pude.
– Sólo te voy a pedir una cosa: que en vez de firmar ya el divorcio, acordemos una separación temporal. Si más adelante todavía tienes claro que no me quieres en tu vida, firmaré el divorcio sin poner ni una sola pega.
– Ya lo tengo claro.

Álvaro se levantó y se dirigió hacia mi silla con prudente decisión. No levantó la vista del suelo en todo el trayecto. Al llegar, me tendió la mano con idea de ayudarme a levantarme y me mostró al fin sus ojos tristes. Comprendí que era una súplica lo que me estaba tendiendo en realidad. Acepté su mano y me incorporé. Apenas vi venir lo que sucedería a continuación un segundo antes, cuando enfocó mis labios.

Me dio un beso temeroso al principio, pasional después, cuando le di mi aprobación devolviéndoselo. Entonces me apoyó sobre la mesa y dejó de lado todo pudor y miedo. Me hizo suya como sólo él sabía hacerlo, allí mismo. Dicen que donde hubo fuego, siempre queda una llama. Me guste o no, eso será lo que me pasará siempre con Álvaro. Puedo intentar ocultar la llama a la vista de cualquiera. De cualquiera, menos la suya.

Me remangó la falda y coló su mano bajo mis bragas. Mi cuerpo había empezado a reaccionar en cuanto sus labios rozaron los míos, como una vieja costumbre adquirida, así que ya estaba lista para recibir sus caricias con mis otros labios. Sin demora, me introdujo los dedos corazón y anular mientras me frotaba el clítoris con la palma. En siete años de matrimonio había aprendido a la perfección cómo hacer saltar mis resortes en el menor tiempo posible.

Llevó la otra mano en busca de mis pechos. Se aseguró de tenerme rozando el orgasmo antes de unir su propio placer al mío. Lo hizo girándome bruscamente y doblándome sobre la mesa para poder penetrarme desde atrás. De esta forma siempre me roza de lleno el punto G y no necesita seguir estimulándome el clítoris.

Me corrí en cuestión de segundos. Él aguantó un poco más, pero antes de hacerlo me incorporó todo lo que pudo de modo que no le molestase seguir dentro de mí y jugó con mis pechos y mi clítoris. Siempre le había gustado especialmente desencadenar su orgasmo con uno mío, y eso fue precisamente lo que hizo una vez más. A mí también me encantaba que culminara mis explosiones dejándome una parte de sí mismo justo entonces, cual guinda del pastel. El hecho de que un hombre me folle a pelo y se corra dentro me excita más allá de lo normal a mí, que siempre he tenido muy claro que no quiero tener hijos, no porque la Naturaleza sea muy sabia, sino porque es muy puta.

Así terminamos el debate sobre divorcio o separación, volviéndonos locos el uno al otro.

– Por favor, déjalo en una separación –me insistió.

Lo que me estaba pidiendo en realidad era tiempo para reconquistarme con el sexo. Lo tenía clarísimo. Y, como he dicho, yo no podía ocultarle la llama. En el fondo, estaba deseando que avivara el fuego.

– Está bien.

Fue más sencillo hablarle a los nuestros de una separación temporal que de un divorcio. Así conseguimos que no nos atosigaran con preguntas, supongo que por temor a remover la mierda entre nosotros. Yo, por mi parte, no le conté nada a mi gente hasta haberla firmado. No quería que me llenaran la cabeza con más dudas aportándome sus opiniones.

Los primeros meses Álvaro me visitó a menudo en mi apartamento. Por desgracia, se limitaba a follarme. Fue el mejor sexo de toda nuestra relación con diferencia, pero a mí no me bastaba. Seguía cerrándose en banda a abrirme su corazón. Como el sexo era lo que él había percibido que había fallado, debió de creerse que solucionando ese problema se acabarían nuestros problemas de pareja. Por más que yo intenté hacérselo ver, no comprendió que el verdadero fallo estuvo en su falta de confianza en mí para hablar de cuanto fuese necesario.

Él se empeñó en enterrar bien profunda la fase del malentendido, mientras que yo necesitaba sacar a la luz todos los detalles. Me imagino que tenía miedo a perderme si me explicaba con franqueza lo que había experimentado punto por punto. En cambio, precisamente me perdió por no hacerlo.

No me quedó más remedio que cortar por lo sano. Me demostró con su actitud que era cuestión de tiempo que el verdadero problema que habíamos tenido y todavía teníamos volviese a hacer acto de presencia más adelante, generando otra crisis en nuestro agonizante matrimonio. Yo puedo soportar que un problema no tratado me traiga problemas, pero si es algo que ya está hablado y la parte que tiene el problema se niega a solucionarlo, entonces claudico antes de que eso me envenene por dentro poco a poco.

Le impedí volver a acercarse a la llama de nuestro amor. No quise verle ni hablarle más, mudándome sin decirle a nadie de su entorno dónde me encontraba.

Insistió durante semanas con cientos de mensajes y llamadas, acudiendo incluso a buscarme al trabajo. Yo siempre le evité con ayuda de mis compañeros.

De repente, dejó de insistir. Durante casi un año no he vuelto a saber nada de él. Bueno, sí: cuando me mandó los papeles del divorcio a través de nuestros abogados. Desde entonces, le he dado muchas vueltas a todo y he comparado mi vida con él y mi vida sin él. Un día me parece que nuestros problemas no eran para tanto, y al otro me parecen un mundo sólo porque se reducían a que se negaba a tener en cuenta mi necesidad de que hablase conmigo sin tapujos, traicionándome más allá de una mera falta de confianza al desatender mis requisitos para salvar la relación. Bajo mi punto de vista, eso era lo verdaderamente grave. Pero qué importa ya. No voy a romperme la cabeza ni un minuto más.

Mañana nos toca reunirnos para tratar el asunto con nuestros abogados. Yo voy dispuesta a seguir adelante con el divorcio, y esa actitud será la que mostraré. Me lo pide la cabeza. Tan sólo espero que, cuando Álvaro sople la llama, sea para apagarla.

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