Le doy las gracias al repartidor. Es un jovencito muy atractivo. Lástima que no tenga diez años más. O mejor quince.

No hay remitente ni en el paquete ni en el comprobante. Estoy intrigada.

Tras abrir el sobre forrado con burbujas, le doy vueltas en las manos a su contenido. A pesar del envoltorio de papel de regalo, intuyo que es un libro, de modo que mi primer instinto me dice que es cosa de Itza o Giu. ¿Habrá publicado Itza por fin su primer libro y se lo ha callado para darnos a todos esta sorpresa? Me haría muchísima ilusión.

Pongo cuidado en no romper el papel. Quiero conservar hasta el último detalle de un recuerdo así. Lo guardaré junto con el libro. No sé por qué se me ha metido en la cabeza que es de Itza.

Pues no. Me desconcierta un poco que no sea lo que me esperaba. Me gusta tanto leer que habría preferido una novela, pero resulta que es un diario para escribir. O una agenda, no sé.

La tapa es muy bonita. Inspiro profundamente al darme cuenta de que huele a cuero. Me encanta.

Es de color marrón, con doble capa. La de abajo es un par de tonos más oscura que la de arriba. La segunda capa ocupa la parte izquierda de la portada y la derecha de la contraportada, además del lomo. Es una especie de remache decorativo, ya que tiene grabados y agujeros en forma de flores. El efecto impacta por lo elegante que resulta. Donde se unen ambas capas, situada como una cenefa vertical, se encuentra una fina trenza de dos tiras elaborada en cuero también. Luce ambos tonos de marrón.

A la derecha de la trenza, sobre la capa más oscura de cuero y concretamente hacia la mitad del largo, hay un pequeño portafotos que consiste en una fina lámina de cristal bellamente enmarcada en relieve con el mismo tipo de cuero de tono más claro usado en la segunda capa de la tapa del libro, esta vez formando figuras geométricas que se alargan un poco más en las esquinas. Mi foto está dentro. Lo más curioso, es que jamás había visto esa instantánea. Parece tomada de lejos, sin que yo me percatara. Estoy sentada en un banco. No reconozco el lugar.

Abro el libro con curiosidad. El interior es tan delicado como la tapa.

Cada página está dedicada a un día muy concreto. En la parte superior, por título, se ve una miniagenda grabada en dorado que me sitúa en el tiempo. Mi diario comienza el 12 de marzo del año 2000 y termina con el día de hoy.

Me parece un tanto extraño.

Intento recordar algo digno de mención relativo al 12 de marzo del 2000. Tardo un rato, y entonces lo recuerdo: Manoly.

Mi voraz imaginación me hace pensar que me ha localizado y que es él quien me envía semejante regalo con idea de conseguir una reaparición espectacular en mi vida.

Depositar mi esperanza en que me suceda algo así me provoca una amarga punzada en el corazón. Mi ilusión se desinfla rápidamente. Vuelvo a la realidad. Cada vez me gusta menos dejarme llevar por este tipo de ensoñaciones. Reservo la poca fe que me queda para mi matrimonio.

Me limito a pensar en Manoly desde la resignada distancia de los años.

Estuve perdidamente enamorada de ese muchacho durante muchos meses. Ese día, el 12 de marzo del año 2000, lo vi por primera vez. Lo recuerdo porque en aquella época empecé un diario y nuestro encuentro se convirtió en mi primera anotación. Necesitaba confesar de algún modo el impacto que causó en mí.

Decido dejar constancia de ese recuerdo en mi nuevo diario. Los que escribí siendo una alegre soñadora se quedaron en mi Cuba natal, en casa de mis padres. Puede que incluso los haya tirado antes de mudarme a España.

Hoy estoy nostálgica.

Me dispongo a relatar el deseo que sentí al verlo.

«Su nombre era Manoly…».

No me da tiempo a escribir más.

Me siento mareada durante unos segundos. Cuando se me pasa el efecto, no doy crédito: recuerdo perfectamente esta lámpara.

Me levanto de un salto de la cama y me veo frente a frente en el espejo. Me pellizco un brazo. Tengo que hacerlo. Y lo noto. ¿Es real? Me pellizco varias veces más y me fijo en cada marca que me hago. La visión es demasiado nítida, y las sensaciones son demasiado reales.

Estudio la camiseta y los pantalones deportivos que llevo a modo de pijama. Me fijo en cada detalle, cada hilo, cada defecto en la impresión del dibujo de la camiseta… Es imposible rescatar algo tan exacto de la memoria, ni siquiera en un sueño.

Voy corriendo a la cocina.

Allí está mi madre, preparándonos el desayuno.

-¡Buenos días! ¿Has tenido una pesadilla, mi hija? Se te ve agitada.

-Mamá…

No puedo explicárselo. La abrazo como no había hecho en años. La última vez que vi a mis padres, las pasadas navidades, también les apreté fuerte, pero esta vez es diferente porque estoy con mi madre del pasado, no la del presente. Anhelaba poder aferrarme a ella como una jovencita de veinte años, no como la mujer madura de treinta y siente madre de una niña, quien tiene que fingir ser fuerte para que no se preocupe. Por una vez, puedo demostrarle lo mucho que la añoro y que la necesito.

-¿Qué pasa? -mi padre se asoma en la puerta, extrañado.

-La niña ha tenido una pesadilla.

-No, mamá. Estoy teniendo un sueño muy bonito -le digo entre lágrimas.

Corro hacia mi padre y le doy otro abrazo igual de fuerte. Le causo risa.

-Les quiero muchísimo a los dos.

-Pues sí que ha sido mala esa pesadilla. No nos habrás soñado difuntos, ¿verdad?

-No. Los dos están bien vivos, y más les vale dar guerra por mucho tiempo.

Disfruto del desayuno en familia, aunque no tengo ni pizca de hambre. Analizo a mi hermana, saboreando sus facciones juveniles. Esto sí que me basta para darme fuerzas y saciarme. Está preciosa. No hay rastro de sus preocupaciones actuales en forma de arrugas. Todos están más hermosos que nunca. Podría alimentarme el resto de mi vida de su poderosa presencia con tal de tenerlos por siempre a mi lado.

Se miran unos a otros extrañados a causa de mi comportamiento. Son conscientes de que no dejo de observarlos, aunque el hecho de verme con una sonrisa de oreja a oreja les contagia mi alegría, provocando un estallido de carcajadas al unísono una vez que empieza mi madre. Pasará a ser uno de los mejores recuerdos de mi vida de inmediato.

Mi hermana me acompaña a clase como cada día durante años. Lo que más recuerdo de aquella época es la complicidad de nuestras confidencias matutinas. Sin embargo, esta vez la escucho en silencio. Me rescata mil y una vivencias apagadas en mi memoria y las hace brillar intensamente. Nos despedimos en la puerta. Ella estudiaba medicina, y yo contabilidad en el preuniversitario Silva Tablada, de modo que me deja allí y se encamina hacia su facultad.

En cuanto la veo desaparecer, me alejo del edificio. No he vuelto al pasado para malgastar valiosas horas en aburridas clases que de nada me están sirviendo en mi presente. Voy a gozar de cada rincón de Cárdenas y Varadero que añoro.

Lo primero en la lista de deseos es andar descalza por la playa. De camino, paseo entre los puestos ambulantes de fruta, verdura y pescado con calma. Hoy no hay prisa.

Los mangos tienen muy buen aspecto. Estoy a punto de comprar unas cuantas piezas antes de recordar que no llevo dinero encima.

¡Manoly! Estaba tan enfrascada con los pequeños detalles que casi se me olvida. Él estudiaba en la escuela de hostelería y turismo. Me dirijo hacia allí, y pronto lo distingo entre la multitud de estudiantes que han salido afuera del edificio durante el descanso en las clases. Está sentado en el “coscolino”, su enorme coche gris de líneas rectas. Se me vienen a la mente flashes de besos furtivos dentro de aquel carro.

Muy a menudo podías verlo en aquella tesitura, con la puerta abierta y la radio encendida, charlando con sus compañeros mientras aguardaban la hora de regresar a las clases.

Disfruto de la visión. Es un muchacho alto y delgado, pero fibrado.

Tengo que acariciar ese torso y saborear esa boca una vez más.

Recuerdo que la primera vez que lo vi, la primera vez de verdad, no ahora, deseé lanzarme en sus brazos y besarlo apasionadamente. Deseé que me desvirgara ese mismo día. El pudor me hizo dejarle llevar las riendas paso a paso. Al no ser consciente de mi deseo, se comportó de forma muy prudente y cautelosa. Todo un caballero. Salvo cuando metía la mano bajo mi sujetador. Si el “coscolino” hablara…

No sé cuánto tiempo estaré aquí, en el pasado. No sé si regresaré al presente de improviso en cuanto me despierte de esta hermosa ensoñación o si permaneceré horas, días, o para siempre.

¿Qué haría en caso de poder reescribir mi vida? ¿Qué haría con Antonio?

¿Qué estoy haciendo? A la porra Antonio. Estoy aquí por Manoly. Hoy no hay Antonio que valga.

Puede que este cuerpo que vuelvo a tomar momentáneamente no lo demuestre, pero soy toda una mujer hecha y derecha que sabe lo que quiere. Se acabaron los remilgos inmaduros de entonces. Esta vez yo llevaré las riendas.

-Hola, Manoly.

-Eh… hola -me mira sorprendido. No me conoce. Todavía.

-¿Sabes lo que va a pasar hoy? -le sonrío traviesamente.

-No. ¿Qué va a pasar? -me devuelve la sonrisa.

Tengo la impresión de que le gusta seguirme el juego. No parece intimidado por mi seguridad y control.

Me acerco lentamente al coscolino, me inclino sobre Manoly con picardía y echo un vistazo al interior del carro. Lo recordaba más espacioso. Servirá.

Sus compañeros sonríen. Les agrada el flirteo que nos traemos y les dará de qué hablar una temporada.

Le hablo al oído de forma que el resto no pueda escucharme.

-Hoy vas a desvirgarme en el coscolino.

-¿Es una broma? ¿Es cosa de Arturo? -el recelo se apodera de él. Supongo que le parece demasiado fácil para ser cierto.

-No es ninguna broma. Te dejo escoger dónde me llevarás si te sientes más seguro. Sólo te pido que sea un sitio bonito.

-¿De qué me conoces?

-Un día te vi y supe que te dedicaría un capítulo de mi vida -paso mi índice por sus labios jugosos.

No le miento.

Me siento extraña… dual… Soy la jovencita asustada de veinte años que desea a su primer amor, y también la mujer madura que se siente perversa seduciendo a un muchacho mucho más joven.

-Pues no perdamos el tiempo -contesta al fin-. Sube al coscolino. ¡Chicos, no me esperen! ¡Nos vamos! -les dice a sus amigos.

Sé perfectamente a dónde me lleva. Mi verdadera primera vez también tuvo lugar en aquel emplazamiento. La mitad de las parejas de los alrededores han hecho el amor alguna vez en ese mirador a luz de la luna. Nosotros lo haremos a la luz del sol.

Lo observo mientras maneja el carro. Apenas recordaba el corte de su pelo castaño oscuro. Tiene un remolino en la nuca. Y apenas recordaba la fuerza de sus ojos marrones. Brillan con la seguridad de quien se sabe guapo.

Nota cómo lo contemplo. Le hace gracia. Supongo que su autoestima, ya alta de por sí, hoy está por las nubes. Pero a mí también me hace gracia la situación, concretamente esa media sonrisa seductora. Todavía no sabe que va a ser él quien me haga sentir deseada a mí.

Cuando llegamos, aparca en el recoveco más alejado. Sería fácil ser descubiertos igualmente. Los coches circulan muy cerca de nosotros. Confiamos en que ninguno se pare.

No dice nada. Me mira y espera. Le ha gustado lo de que yo domine la situación.

Paso a la parte de atrás asegurándome de poner el trasero bien alto y bien cerca de su rostro. Una vez acomodada, me giro de nuevo hacia él sonriendo angelicalmente.

Me desnudo con calma. Quiero que sea todo un espectáculo. Durante el proceso, cierro las piernas para que no pueda ver mi vulva, pero no es el pudor lo que me motiva. Una vez desnuda, espero a que nuestras miradas se crucen, y entonces empiezo a abrir las piernas muy lentamente, ofreciéndome. Sencillamente quería estar segura de ver su expresión al tenerme completamente expuesta a sus ojos. Y me gusta lo que veo, porque a él le gusta lo que ve.

Hacía muchos años que no me sentía tan atractiva. Me siento incluso más atractiva que cuando tenía de verdad esta edad, puesto que entonces sólo me veía defectos por todas partes. En cambio, el paso del tiempo nos hace ver las virtudes del cuerpo que dejamos atrás. Suerte la mía, que tengo una segunda oportunidad para disfrutarlo con la sabiduría acumulada hasta ahora. Esta vez veré linda hasta la última célula. Y vengo dispuesta a usar bien este cuerpo.

Como pueda revivir cada día señalado en mi agenda al igual que este, a más de uno le van a temblar las piernas cuando se cruce en mi camino.

Manoly se apresura a situarse a mi lado mordiéndose el labio inferior. Me besa apasionadamente mientras recorre todo mi cuerpo con su mano derecha. Juego con su lengua fría, la cazo, la muerdo, la libero, y luego voy a por su labio inferior, lo recorro lentamente con mi lengua. Qué rico está…

En cosa de un minuto, se quita toda la ropa.

-¿Te gustaría probarme? -me pregunta con su miembro erecto en la mano.

-Tú primero -le respondo.

Seré virgen de nuevo, pero nunca más ingenua.

Sin miramiento, le agarro del pelo y le empujo la cara hacia abajo. No opone resistencia. De hecho, se acomoda.

Me desilusiona un poco que tenga tanta prisa por terminar. Va demasiado rápido. Disfruto de la idea de convertirme en su maestra. Se le hará raro que la chica a la que va a romper el himen le guíe.

-No lo estás haciendo bien -no me importa herir su orgullo varonil-. Tienes que ir más despacio.

Me mira con una pizca de rencor, pero accede a mi petición aunque no sea de buen grado. Disminuye el ritmo, que es lo que importa.

-Eso es, demuéstrame que te gusto tanto que podrías estar horas así -le transmito mi poder con mi voz.

Cuando acelera el ritmo más de la cuenta, tiro de su pelo y le obligo a echar la cabeza hacia atrás.

-Saca la lengua -suena a castigo.

Lo hace, entonces soy yo la que acerca mi vulva a su boca. Repito tres o cuatro veces. Lo trato así porque no me importa lo que pueda pensar de mí. No forma parte de mi presente. Para mí es un sencillo objeto sexual que me han permitido utilizar una última vez.

-Túmbate aquí -le suelto el pelo para que se aparte y le hago sitio.

Le guío de modo que quede tumbado a lo largo del asiento, y me planto encima de su boca. Se me antoja hacer el sesenta y nueve. Me restriego un poco contra su lengua y sus labios con desfachatez, y luego le dejo hacer. A medida que noto el placer concentrándose en mi clítoris, decido premiarle. Poco a poco, le voy dando lo que quiere.

Es una de las situaciones más morbosas que he vivido en muchos años, los dos desnudos dentro del carro al lado de la carretera. Estoy tan acostumbrada a hacer el amor con mi marido entre cuatro paredes, lejos de miradas indiscretas, que pensar que algún voyeur podría disfrutar de la visión de dos cuerpos jóvenes y hermosos lo convierte en el mejor sexo de mi vida.

No sé quién me habrá regalado esa maravillosa agenda, lo que sí sé es que voy a recrear todas mis fantasías perdidas. Voy a convertirme en la mujer que no me atreví a ser. Lo seré en mi nuevo pasado.

Me siento poderosa. Me siento viciosa.

Me dejo ir en pleno sexo oral, liberando mi boca para no tener que concentrarme en nada. Con objeto de potenciar mi placer al máximo, decido erguirme un poco y acariciarme los pechos mientras el mar recorre el interior de mi cuerpo. No dejo de mirar su miembro erecto, imaginando sentir ese mismo clímax con él dentro de mí. Por suerte, Manoly es lo suficientemente generoso como para no detener su lengua. Yo me voy moviendo a fin de situar la entrada de mi vagina en su recorrido y dejar tranquilo a mi hiperexcitado clítoris. Sólo cuando las olas se amansan vuelvo a situarlo en su punto de mira con suavidad, reavivando pequeñas corrientes que fluyen en retroceso. Ha sido uno de los orgasmos más largos que he sentido.

Manoly está impaciente, necesita eyacular. Cuando nota que estoy completamente relajada, me aparta.

-Ahora me toca a mí -me dice limpiándose la boca con la mano.

Se sienta y me coge en volandas bruscamente para situarme encima de él. Sin duda es su turno.

Con cuidado, tantea a ciegas hasta situar su pene en el punto exacto. Estoy tan húmeda que podría dejarme resbalar abajo hasta insertarlo. En cambio, él me sujeta firmemente contra su vientre. Será el único que decidirá cuándo y cómo. Me está agarrando las nalgas con ambas manos, preparando la penetración. Nos miramos fijamente a los ojos durante una eternidad.

Ejercitando al máximo sus abdominales, levanta la cadera y comienza una serie lenta de micro embestidas apenas perceptibles. No se introduce dentro de mí más que unos milímetros. Virgen como es mi cuerpo en estos momentos, sus pequeños simulacros me resultan muy placenteros. El himen incorrupto me dota de una gran sensibilidad.

Me pilla desprevenida al introducir su pene hasta el fondo mientras levanta la pelvis y me hunde sobre él al mismo tiempo.

Puedo asegurar que no recordaba lo maravilloso que es el sexo antes de dar a luz. Todos los músculos de mi vagina están tersos y receptivos. De ahí que me provoque un segundo orgasmo de inmediato.

Tras la primera embestida triunfal, me levanta ligeramente y se encarga de toda la carga de trabajo. Levanta su pelvis una y otra vez a una velocidad que solo un ansioso muchacho de su edad puede soportar. Añoro la juventud.

No tardo en recuperarme. Con mi otro cuerpo apenas podría volver a andar tras dos orgasmos, pero este cuerpo es una maravilla. Añoro de veras la juventud.

Levanto la cabeza y me retiro unos centímetros. Al abandonarme al éxtasis, tuve que apoyarme sobre su hombro. Ahora ya puedo darle el relevo. Antes, disfruto de la visión de su vientre firme. Se le marcan todos los músculos abdominales con el esfuerzo.

Voy bajando muy despacio hasta que ya no le queda espacio para moverse. Quiero que la transición sea suave. Termino de posarme sobre él al detenerse. Y entonces empiezo a subir y bajar con un ritmo más tranquilo. Noto su impaciencia en su forma de agarrarme el trasero. Seguro que está a punto de dirigirme, pero me anticipo. Voy cada vez más rápido, y más rápido, y más rápido.

Me desconcentro un poco cuando creo que me va a venir el tercer orgasmo. Me freno, en parte por miedo a no poder soportarlo. Jamás en mi vida he pasado por tres orgasmos en un único encuentro sexual. Ni siquiera dos hasta hoy.

Al frenarme, Manoly retoma el control. A él no le importa si me desmayo o no.

Mi ya de por sí estrecha y joven vagina, se va contrayendo a medida que me acerco a la tercera explosión interna. Mi sensibilidad se maximiza, la fricción es cada vez mayor. Y él también disfruta de la presión. Percibo perfectamente cómo eyacula. Lo bueno es que no siento lástima de que se me adelantase, dado que las fuerzas me fallaban hace rato. Ya pondré a prueba mis límites en otra ocasión.

Acomodo todo mi peso sobre sus piernas. Aún estamos conectados, pero es que no quiero separarme todavía.

Me parece encantador con esa expresión relajada tras el esfuerzo. Siento el impulso de darle cariño como gratitud por el maravilloso encuentro que hemos tenido. Reencuentro, en realidad.

Sus besos son exactamente tal y como los recordaba. Siempre ha sido capaz de hacerme desconectar del mundo real.

La pasión deja paso a la ternura. La duración e intensidad de cada beso se acorta hasta llegar a suaves roces de nuestros labios.

¿Cómo habría sido mi vida con él?

Después de un rato, me aparto y me siento a su lado. Estoy exhausta. Busco mi ropa, desperdigada por el suelo del coscolino.

Lo primero que quiero ponerme son las bragas. Mientras separo el trasero del asiento con este propósito, Manoly planta su mano en mi vulva y me acaricia dulcemente. Me pongo las bragas por encima de su mano de todos modos.

-Has sangrado muy poco -observa-. ¿Te ha dolido mucho?

-No. He disfrutado cada segundo.

Me extraña que no se diera cuenta de que tuve un orgasmo nada más penetrarme. Despiste típico de la juventud, supongo. Ha confundido mi placer intenso con dolor.

Sonríe satisfecho.

-Tengo que volverme -me dice-. ¿Puedo verte después?

-Claro. ¿Esta tarde?

-Sí. ¿Qué te parece si quedamos a las cinco en la puerta del mercado?

-Allí estaré.

Me acerca a Varadero de regreso y nos damos un dulce beso de despedida.

Supongo que se me quedará una sonrisa tonta el resto del día.

Ahora que he liquidado esta cuenta, quiero disfrutar de la calma que me embarga paseando por los rincones que tantos años me acompañaron, quiero encontrarme con rostros olvidados. Lo que siento ahora debe de ser bien parecido al nirvana del que tanto hablan. Relajación máxima. Felicidad pura.

Sería capaz de vivir para siempre en mis recuerdos.

Navegando entre sentimientos hermosos, me topo con unas facciones que me resultan familiares. Se trata de un hombre maduro que me mira fijamente. Pero no me resulta incómoda su forma de observarme porque parece que lo hace de forma juguetona, buscando mi participación. Al chocarse mi mirada con la suya, comenzó a sonreír, y así continúa.

Es muy atractivo, tiene unos cuarenta años que le sientan estupendamente, con todos los músculos esculpidos en su atlético cuerpo, eróticas canas incipientes en las sienes indicadoras de su experiencia vital, y una sonrisa de anuncio. Cuanto más nos miramos, más abiertamente la luce.

A pesar de sentir atracción sexual por él, prefiero ignorarlo. Continúo mi camino sin rumbo. Vuelvo a centrarme en los detalles que marcaron mi vida años atrás. A él lo conozco de algo, pero no lo suficiente para salirme de la senda que sí recuerdo de mi pasado.

Minutos después, escucho a mi espalda la voz de un hombre con acento español.

-¿Te ha gustado mi regalo? Por tu aspecto yo diría que sí. Pareces contenta.

Me giro con dudas de a quién le está hablando. Suena tan cerca de mí que intuyo que podría ser la destinataria de sus palabras. Además, yo he recibido un regalo misterioso hoy mismo. Bueno, el hoy del presente, no el del pasado.

Me encuentro al maduro atractivo justo detrás. Sin duda me habla a mí.

-¿Disculpa? -No quiero dar nada por sentado.

-Te preguntaba si te ha gustado mi regalo… el que te ha traído aquí.

-¿La agenda? ¿Has sido tú?

-Sí.

-¿Quién eres?

Lo conozco… Sí, lo conozco… ¿De qué lo conozco?

-El destino te cruzó en mi camino un día. Me pareciste una mujer muy bonita… y muy triste. Sentí curiosidad por tu historia.

Mi historia”… No termino de comprenderle.

Espero que continúe hablando, aunque al parecer él no sabe explicarse mejor y se siente igual de incómodo con el silencio que yo.

Durante un largo minuto me centro en mis dudas sin decidirme a expresarlas en voz alta, hasta que hacerlo se convierte en la única opción con sentido.

-¿De dónde has sacado esa agenda?

Su sonrisa se amplía. Lucha por reducirla.

-Dejémoslo en que un día ese poder se cruzó en mi camino, y, después de conocerte, quería compartirlo contigo.

-¿Pero cuándo nos hemos conocido? Sé que te he visto antes, tu cara me resulta familiar.

-Para ti, apenas nos hemos cruzado un par de días, y la primera vez creo que no llegaste a verme. Estabas en un parque, sentada sola en un banco mientras tu hija jugaba sin darse cuenta de que llorabas discretamente. Cuando te decía que quise conocer tu historia… Lo hice a través de la agenda, al igual que tú podrías llegar a conocer bien a cualquiera de tu pasado. Pero la gente que ves aquí -mira a su alrededor- no recordará este nuevo día porque no podemos cambiar el pasado, sólo podemos vivir una nueva versión.

-Espera, algo no me encaja. Si esta es una nueva versión de mi pasado, ¿cómo es posible que estés tú aquí hablando del presente?

-Bueno… cuando llegas a conocer un poco el poder de la agenda… puedes hacer trampa. Descubrí por casualidad una forma de pasear por el pasado de alguien a la vez que esa persona, así que llegué aquí, a este día, al mismo tiempo que tú, y también regresaremos juntos al presente. Al ser tu primera vez, te he querido dar algo de espacio para que disfrutaras de este día antes de avasallarte con tanta información.

-Pero no lo entiendo -me va a doler la cabeza con tantas vueltas que le estoy dando a todo-, dices que no puedo cambiar el pasado, ¿entonces no recordaré nada?

-Sí, pero solo lo recordaremos nosotros dos. Los demás no recordarán nada porque ellos no lo han vivido realmente. Esto es algo así como una ilusión creada con una versión suya del pasado, no con ellos de verdad. De haberse dado las situaciones que vivamos hoy en el auténtico pasado, podrían haber salido así o no, eso nunca lo sabremos.

-¿Y lo recordaré todo como si hubiese sido un sueño?

-No. Cuando termine el día de hoy y te duermas, regresarás al presente, exactamente al mismo minuto en el que entraste en este… esta… dimensión o como lo quieras llamar… y lo recordarás tan nítidamente como si acabase de suceder, porque así será. Verás que fuera, en el presente, habrá pasado un segundo, y aquí, en tu pasado, un día entero que abarca desde que te despertaste hasta que decidas acostarte en tu propia versión. No me preguntes por qué pero así es como funciona la agenda.

-Pero… ¿Cómo lo hace? ¿Tengo que escribir el nombre de quien quiero ver?

-No. Puedes escribir cualquier cosa que recuerdes del día que quieras revivir. Tienes que evocarlo por escrito. Y puedes volver tantas veces como puedas escribir algo, así que te recomiendo que uses palabras cortas.

Me quedo pensando todo lo que quiero averiguar.

-¿Por qué no aparecen en la agenda todos los días de mi vida? Recuerdo que termina el último día, pero empezaba hoy, no el día que nací.

-Eso es porque se suele marcar una temática antes, si no sí que aparecerían todos tus días. Y me temo que la temática la marqué yo.

-¿Y eso cómo lo has hecho?

-Bueno -se lleva una mano a la nuca y se rasca, se nota que no sabe ni por dónde empezar-, verás, no estaba muy seguro de lo que pasaría, sólo quería poder acompañarte. Espero que no te enfades, pero desde que llegamos, te he seguido a cierta distancia esperando el momento ideal para atreverme a venir a hablar contigo, y he visto cómo buscabas a un chico y tonteabas con él, vi cómo te montabas en su coche, también vi cómo os besabais al volver, así que me da que la temática que ha quedado marcada es la sexual. Vas a poder revivir todos los días en los que has querido acostarte con alguien. No te voy a engañar, yo casi siempre he usado la agenda así. Para que me entiendas, yo la llamo la agenda de las oportunidades perdidas, después de todo nos da la oportunidad de hacer lo que no hicimos.

-¿Y cuál es el truco para estar aquí tú también?

-Antes prefiero que sepas el porqué. Para escoger un poco los días, tienes que poner tu foto sobre la fotografía de algo que te inspire la temática que le quieras poner a la agenda. Y… -le cuesta seguir- antes de regalarte la agenda… yo la usé para regresar a mi pasado, al día que te vi por primera vez… muchas veces… La verdad es que… me he enamorado de ti. Por eso quería compartir esto contigo. No soportaba regresar y que tú no me conocieras como te conozco yo a ti. Quiero besarte otra vez, pero quiero que tú lo recuerdes -se hace un silencio incómodo. No sé qué responderle-. ¿Te molesta que haya usado la agenda contigo?

-Yo… No sé… Es que… esto es… es… increíble. No sé… No sé qué pensar.

-Hay algo más que debes saber -no sé si estoy preparada para más confesiones-. Verás, este no es mi aspecto. Antes me he visto reflejado en un espejo, y creo que sé el motivo.

-¿Verdad que eres mayor de lo que aparentas ahora? ¿Cuántos años tienes en el presente?

Sospecho que rondará casi los sesenta años. Si yo al volver a esta época he adoptado mi cuerpo de entonces, sin duda él es mucho mayor también.

-Bueno, en realidad no. Verás, como te dije, un día aquí representa apenas un segundo en el presente, y yo hace algunos años que tengo la agenda. Supongo que he pasado mucho tiempo aquí dentro. Y me imagino que la explicación de que tenga este cuerpo y no el cuerpo que tenía este año que tú has visitado, es que yo aquí estoy de invitado y eso me otorga ciertos privilegios. Ahora viene lo importante: cómo ser un invitado. El truco está en poner mi foto tras la foto de la persona que se va de “viaje” -marca las comillas con los dedos y recalca la palabra al pronunciarla.

-¿Has hecho esto con más mujeres? -no puedo evitar desconfiar de él. Me da miedo el uso que esté haciendo del poder que ha caído en sus manos.

-No -su expresión se entristece notablemente-, sólo con mi padre. Viajamos juntos por su instinto paternal. Quise regalarle un tiempo extra cuando le detectaron un cáncer en estado terminal, y me encontré a su lado reviviendo los días que visitaba porque había usado una foto mía de bebé para marcar la temática. Estuvo bien -una sonrisa triste asoma en su cara-. Entonces no había usado tanto la agenda, así que no notamos nada raro en mi aspecto. Ahora supongo que parezco más mayor porque aquí no puedo ocultar todo el tiempo vivido sumando lo de dentro de la agenda y lo de fuera. Me imagino que es por eso. Dos vidas en una, ¿qué te parece? -vuelve a sonreír francamente.

-¿Cuántos años tienes? -prefiero que vaya al grano.

-Veinticinco.

-Vaya… qué joven…

-¿Tú crees? -se ríe-. Ya ves que la agenda no está de acuerdo.

Lo observo con calma. Intento imaginármelo con unos quince años menos. Sigo sin recordar dónde lo he visto.

Mientras analizo su rostro, no puedo evitar pensar que no puede ser más guapo que como lo veo ahora. Siento que es una lástima que tenga sólo veinticinco años.

-¿Y qué se supone que debería pasar ahora? -le pregunto-. Para mí sigues siendo un desconocido. No sé hasta qué punto podría confiar en ti después de saber que has utilizado la agenda para conocerme. Me siento… no voy a decir violada, pero la sensación es parecida. Yo hoy he aprovechado para estar con alguien con quien en verdad estuve, lo único que hice fue acelerar las cosas, no tiene nada que ver con lo que has hecho tú. Es más ruin.

-¿De verdad no aprovecharías para estar con alguien que te gusta y con quien no tuviste nada en el pasado? ¿No te lanzarías a por todas sin miedo al rechazo sabiendo que un segundo después su vida seguirá adelante sin ser consciente de nada?

Me da qué pensar. Hace un momento habría apostado a que sí, pero ahora veo la injusticia de esa situación.

-No lo sé. Ahora sé que no la usaré así.

Le cambia la cara. Está claro que se esperaba algo así, y le decepciona que se haya hecho realidad.

-Bueno, en el fondo lo sabía. He querido ser sincero contigo para empezar de cero. Ahora tú tienes la agenda. Puedes usarla como creas conveniente: puedes quitar mi foto, olvidarme para siempre y usarla a tu antojo, o puedes aprovecharla para conocerme mejor cambiando el orden de las fotos y devolviéndomela después para que pueda evocar las regresiones y llevarte conmigo a mi pasado como estoy yo ahora en el tuyo, o puedes no usarla y darme una oportunidad en el presente. Decidas lo que decidas, esperaré cinco minutos en tu puerta, y después me iré.

-¿En mi puerta?

-Sí. Estoy tras la puerta de tu casa ahora mismo.

Nos miramos como si la conversación continuara. Sin embargo permanecemos en silencio un instante. Ha perdido toda la seguridad en sí mismo que mostraba hace unos minutos. Debe de ser verdad que me ha conocido bien, y por eso teme mi respuesta a esta situación.

-Tengo que pensarlo, estoy hecha un lío -me apiado porque veo en sus ojos su temor a perderme, y eso le añade valor al hecho de que haya puesto sus cartas sobre la mesa.

-Claro. Tienes toda una vida -sonríe tímidamente.

Me voy bruscamente. Tengo muchas cosas que analizar.

Me paso la tarde dándole vueltas a lo que me ha contado. Lo extraño es lo bien que he encajado algo tan surrealista. En el fondo espero despertar en cualquier momento y descubrir que no ha sido más que un sueño. Quizás eso me tranquiliza un poco.

Aun así, el asunto es tan… bizarro, que necesito expresar mis dudas en voz alta. Recurro a mi confidente: mi hermana.

Se ríe de mí cuando le digo que ella no es real, que en verdad está en Murcia en ese preciso momento. Le cuento su futuro. Me toma por una loca. ¿Podría el reflejo de un espejo asumir que no es real si entraras al otro lado a decírselo?

Me cuesta un gran esfuerzo, aunque al fin consigo que ejerza de consejera basándonos en casos hipotéticos.

-Está bien… Si te sucediera algo así, supongo que lo mejor sería que usaras esa agenda, ¿no?

-¿Con él? -por favor, que me diga qué hacer, que yo estoy hecha un lío.

-Sí, o sea, vete a su pasado sin él. Quiero decir, vete pero que no te recuerde luego.

-Entonces tendría que saber cuándo lo conocí para volver a ese día, pero tendría que volver a mi pasado, no al suyo, si voy al suyo me recordará.

-Me estás poniendo la cabeza loca.

A mí sí que me duele la cabeza de tanto pensar. Miro la hora. ¡Son las seis de la tarde! He fallado a mi cita con Manoly.

Tampoco es que me importe demasiado, ya no me apetece pasar más tiempo con él. No puedo dejar de pensar en el hombre misterioso. Con tantas preguntas que le hice, y no se me ocurrió preguntarle cómo se llama.

Le pido a mi hermana que me acompañe a pasear por mi playa favorita en toda Cuba. Necesito verla una vez más. No sé si volveré. Ni con agenda ni sin ella. Una inagotable desazón se apodera de mí y se hace fuerte gracias a mi pasividad ante su presencia.

Cuando llegamos, de inmediato me siento menos tensa. Me relaja el aire fresco y el olor del mar. Nos descalzamos y damos un largo paseo por la orilla en silencio.

A causa de mi ensimismamiento, tardo en reconocerlo a lo lejos. Está sentado frente al mar. Me detengo en seco.

-¿Qué te sucede, mi niña? -mi hermana se asusta al ver mi cara.

-¡Es él!

No pierde la oportunidad de fisgonear. Quiere verlo de cerca. Me marca el camino a seguir: a su lado.

-¿Qué haces aquí? -le pregunto al llegar a su altura.

Nos observa un rato antes de contestar.

-Quería ver este sitio. Sentía curiosidad.

Intuyo lo que se calla: que yo le hablé de esta playa con “mi otro yo”, el que no era real.

-¿Vas a regresar ya? -le meto un poco de prisa. Me hace sentir incómoda.

-¿Adónde?

-Al presente.

Me mira extrañado. Parece ser que debería saber la respuesta.

-No puedo volver hasta que tú te duermas. Tú marcas el tiempo que estaré aquí.

-¡Ah!

Cierto, me lo había dicho.

Estoy realmente incómoda ante él. Mi hermana me espera a unos pasos. Me alejo en su dirección sin despedirme.

-Es muy guapo -susurra en mi oído.

-Sí -respondo seria. No me importa.

El resto del día no consigo relajarme. Ansío volver al presente. Tan sólo disfruto de la compañía de mi familia, aunque en silencio. Me gusta mucho estar con ellos, pero no tengo la mente despejada como debería.

Consigo acostarme temprano excusándome con el dolor de cabeza. Lo triste es que no hago más que revolverme en la cama.

Cuando me canso tras un par de horas sin conciliar el sueño, opto por reiniciar el cerebro. Dejo de lado los pensamientos que me atormentan y me ponen de mal humor, y me centro en recordar a mi niña. Recuerdo momentos bonitos vividos con ella.

Así consigo aletargarme hasta caer dormida.

Enseguida siento esa sensación de caer en sueños. Pego un bote y me encuentro sentada frente a la agenda.

«Su nombre era Manoly». No ha sido ningún sueño.

Cierro despacio la agenda. Me da miedo tomar una decisión. Pero no me asusta descubrir su rostro actual.

Con cuidado, saco mi imagen del portafotos de la portada. Debajo no hay nada. Tras la decepción inicial, veo que hay algo que se ha quedado pegado a mi foto. Es otra imagen: el repartidor que me entregó precisamente este regalo.

Me da un vuelco el corazón. Dijo que esperaría tras mi puerta cinco minutos.

No sé qué hacer.

Me descalzo, me levanto procurando no hacer ruido, y me acerco sigilosamente a la puerta de casa. Voy pisando con mucha cautela. No quiero que perciba que me asomo a la mirilla. Allí está. Parece triste. Mantiene la mirada agachada y se apoya con ambas manos en el marco de la puerta mientras espera.

No es nada fácil tomar una decisión.

Necesito volver a sentarme. Miro la hora: aún dispongo de hora y media antes de recoger a mi niña. Hora y media para romperme la cabeza. O cinco minutos, depende.

Coloco mi fotografía de nuevo en el portafotos de la agenda. Dejo la suya fuera.

Paso hojas distraídamente: están todos los días de mi vida, a semana por página.

Cojo el bolígrafo. No llego a escribir nada.

Cierro la agenda.

Estoy cansada y frustrada.

Abro una vez más la agenda, y comienzo a arrancarle hojas.

Me centraré en el futuro.

FIN

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